
Verse bien no siempre es vanidad. A veces es sobrevivir.
¿Cuántas veces has escuchado frases como «fulanita se hizo algo en la cara, seguro es porque es insegura»? Sí, esa frase que suena a diagnóstico psicológico dicho con las mismas manos que sostienen un café de 120 pesos frente a un espejo de cuerpo entero.
Aunque no soy psiquiatra llevo años viendo pasar pacientes con historias por contar por mi consultorio. Y si algo he aprendido es que las personas que consultan casi nunca vienen solamente por una arruga, por una mancha, por un poco de flacidez o por el acné. Eso es lo que ellos creen cuando hacen la cita. Pero la verdadera conversación, la más interesante empieza después. Y sí, cada paciente es una historia por descubrir
Todo empieza cuando les pregunto qué les gustaría cambiar. Luego les pregunto el ¿por qué?Y ahí es donde las respuestas poco a poco empiezan a cambiar. Porque muchas veces el motivo real no está en la piel.
He escuchado mujeres que después de un divorcio quieren volver a reconocerse cuando se miran al espejo. Gente que ahorró por meses para pagar un tratamiento que les permitiera lucir mejor y con ello buscar un ascenso laboral. Personas que atravesaron una enfermedad y quieren recuperar una versión de sí mismas que sienten que perdieron. Mamás que pasaron años cuidando a todos menos a ellas. Hijos que pagaron un relleno como regalo para sus madres. Hombres que por vergüenza o tabú nunca habían invertido tiempo en sí mismos y un día se dieron cuenta de que también merecían hacerlo. Individuos que con angustia consultan porque estan perdiendo el pelo. O personas que simplemente quieren verse mejor.

Y entonces la conversación deja de tratarse de estética. Empieza a tratarse de identidad, de autoestima, de reconciliación.
Generalmente eso me lleva a una pregunta que me parece mucho más interesante que hablar de arrugas, labios o colágeno y que en la práctica personal intento verla como un valor y un difernciador para mis pacientes:
¿Puede un procedimiento estético ser una forma de autocuidado?
Bien dicen que el espejo no miente, pero tampoco cuenta toda la historia. En mis años al frente de una clínica de medicina estética he visto de todo: no todas las motivaciones son iguales: La motivación saludable es mi favorita. Es esa persona que llega relajada, con buena vibra, diciendo: «tengo 42 años, trabajo duro, me siento bien, me agrado, me quiero y quiero que mi cara lo refleje,”. Punto. Esa motivación saludable es la que convierte un procedimiento estético en una elección propia y en una decisión consciente, no en una reacción desesperada producto de la baja autoestima. Es alguien que se siente bien consigo mismo y quiere que su exterior acompañe a esa energía interna. Es casi como refrescar la fachada de una casa que ya está sólida por dentro: no es vanidad, es coherencia. Que bonito es trabajar con alguien que se conoce y se respeta, es decir, con alguien que toma decisiones sobre su cuerpo tan tranquilo como quien escoge dónde poner su próxima inversión.
Luego están la motivaciones reparadoras. La persona que sufrió fuertemente de acné en la adolescencia y ahora quiere suavizar cicatrices. O puede ser alguien que tuvo un accidente y busca corregir una marca que le recuerda ese episodio. Estas motivaciones no son patológicas. Son transición. Son duelo. Son cambio
También está la motivación compensatoria, esa que es más compleja. Más humana, honestamente. Es la persona que acaba de salir de una relación negativa de años y quiere renovarse. La persona que acaba de cambiar de trabajo después de una vida en la misma empresa, y de pronto se siente “fuera de lugar” en un ambiente lleno de gente más joven. Llega al consultorio diciendo: “Quiero que mi cara se vea tan fresca como mi nuevo inicio”. Eso suena humano, sí. Pero también trae consigo la presión de encajar, de no sentirse “menos” frente a otros. Y ahí es donde como médico me toca leer entre líneas: ¿es un deseo propio o una carrera contra la edad que no se puede ganar?
Porque ojo: no es lo mismo querer reflejar tu energía interna que querer borrar la huella del tiempo para competir con alguien más. Esa diferencia marca todo el diagnóstico y por supuesto el abordaje clínico.
Y sí, también existe la motivación patológica. El paciente que ya se realizó cuatro procedimientos y ninguno termina por convencerle. El paciente que ha sido multitratado por varios médicos. El que viene con una foto de alguien más y quiere esa nariz, esos pómulos, incluso el que cree que con algún procedimiento tendrá “esa vida” que no es la suya. El que busca en el bisturí lo que solo podría encontrar en terapia, en el autoconocimiento y en la espiritualidad. Esos casos necesitan otra conversación. A veces cuando es necesario incluso los mando con un psiquiatra para valoración. Como médica estética, parte fundamental de mi trabajo es distinguir las motivaciones porque eso lo cambia todo: desde el tono de la consulta hasta el tipo de acompañamiento que necesita el paciente.

Ahora bien lo que nadie dice en voz alta es que no todo deseo de cambiar algo físico viene de un lugar roto.
A veces viene de uno muy sano. Viene de la mujer que sobrevivió una dura enfermedad, que ahora se cuida, que reconstruyó su cuerpo y quiere que esa reconstrucción también incluya sentirse linda. Viene del hombre bueno y honesto que perdió a su papá, y que desde siempre heredó la mirada enojada familiar y dice «no quiero verme triste o enojado cuando no lo estoy». Viene de alguien que simplemente creció, cambió, y quiere actualizar la imagen que proyecta al mundo. Eso se llama reconciliación. Recuperación. Reconstrucción. No vanidad.
Vivimos en una época donde tomar una hora para meditar es «bienestar», pero invertir en tu apariencia física es «superficial». Tal vez deberíamos hablar más de ese autocuidado que nadie validó. El del cuerpo. El de ése cuerpo que es el primer lugar donde vivimos. Y es importante porque la imagen que proyectamos afecta cómo nos perciben en una negociación, en una entrevista, en una primera impresión. Eso no lo inventé yo. Lo dice la psicología social desde hace décadas.
Entonces, ¿puede un procedimiento estético ser una forma de autocuidado? Creo que Sí. Absolutamente sí. Cuando viene de un lugar consciente, cuando la persona tiene claridad de qué quiere y por qué, cuando el objetivo es sentirse más alineada con quien es y —no convertirse en alguien más. Cuando viene de la tranquilidad y no de la desesperación, cuando viene de la autoestima y el autoconocimiento, de la humildad y no de la superficialidad— entonces sí
El problema nunca fue el procedimiento. El problema es cuando se convierte en el parche de algo que tiene heridas más profundas.
La diferencia entre los dos no la define el procedimiento. La define la motivación, la intención y la conversación que tienes contigo mismo antes de llegar al consultorio.

Dra. Mariana Serrano León
Nouvelle Dermaestética – Hospital Starmédica Querétaro
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