
Bajavión
Domesticación mouuuderna
Por: Roble Limón
Estimado bajavionense, recuéstese y escuche ahora mi análisis social del show de medio tiempo del Bad Bunny. ¿Soy politóloga? No. ¿Soy analista? No. ¿Practico algún deporte o canto bien, aunque sea, en la regadera? No. ¿Y eso me ha detenido alguna vez de dar mi humilde opinión? ¡Jamás!
Usted sabe que cuando se trata de estirarle la garra a los timoneles de este país, yo chambeo como tamalero el 2 de febrero, como marisquería en Viernes Santo o como tarjeta de crédito en Buen Fin. No hay descanso para el ojito crítico cuando la patria se nos desmorona entre las manos como el autoestima cuando tu tía con cejas de vieja méndiga te dice que te ves más “repuestita”.
Ahorita que está de moda el tema de la educación, todos recordamos ese pasaje de El Principito donde el zorro le pide al rubio visitante: «Domestícame».
En la ficción de Antoine de Saint-Exupéry, domesticar es crear vínculos, es que el color del trigo nos recuerde al cabello del ser amado, que —entre rosas y rozones— nos hagamos necesarios y únicos en el mundo de nuestra o nuestro pioresnada. Es, en teoría, un acto de ternura y compromiso. Pero, ¡ay, mi bajavionense!, en el mundo real, «domesticar» es el eufemismo favorito del poder para decir «amansar». Es el arte de ponerle bozal a la rabia y correa de macramé a la disidencia.
La domesticación moderna (qué mouuuderno) ya no necesita látigo; necesita escenario. Y cuando un artista como Bad Bunny pisa el escenario del medio tiempo del Super Bowl, no está entrando a un foro cultural: está entrando al templo máximo del consumo global. Ese show, más que un evento deportivo, es un escaparate de marcas, una misa patrocinada por guacamole, cheve, automóviles y telecomunicaciones.

Aquí la domesticación no consiste en silenciar al artista, sino en amplificarlo… bajo ciertas condiciones. Puedes hablar de dignidad cultural, puedes ondear banderas, puedes lanzar guiños políticos con jiribilla. Pero hazlo entre cortes comerciales de 8 melones de dólares el minuto.
El capitalismo contemporáneo no cancela la rebeldía; la monetiza. No combate el discurso contestatario; lo convierte en estética. La protesta deja de ser amenaza cuando se vuelve espectáculo. Y el espectáculo, cuando se vuelve rentable, deja de ser protesta. Le apuesto una picafresa a que, mientras el mundo perreaba, los dueños del dinero se reían de cómo habían logrado domesticar al rebelde de la temporada.
Pero ojo, esto no sólo afecta a millennials con crisis de identidad que se sienten conejos malos de verdad (¿ha escuchado hablar de los “therians”? Pues literal). Esta domesticación de la realidad nos está pegando donde más nos duele. Y no, no es en las rodillas.
Si hablamos de salud, ahí la domesticación es criminal. Con el regreso triunfal del saram-pior estamos así (guiñe cualquiera de los dos ojos y junte lo más que pueda, sin que se alcancen a pegar, el dedo pulgar —a.k.a. “gordo”— e índice) de que los establecimientos vuelvan a contar con todas las medidas sanitarias y de seguridad que consisten en un tapete seco en la entrada y gel antibacterial. El sistema nos ha hecho tan desconfiados —o tan desidiosos— que permitimos que la salud pública se vuelva una moneda de cambio. Nos han «amansado» la capacidad de exigir un sistema de vacunación funcional, aceptando el desabasto como si fuera agua y ajo… a aguantarse y a joderse. La hace uno más de pedo cuando hay ley seca…
Y mientras nos rascamos el sarpullido, Zoé Robledo, director del IMSS, dice que la crisis de sarampión que estamos enfrentando hoy es culpa de Calderón, quien gobernó literalmente hace 20 años y aún así no anticipó este rebrote que está próximo a meternos en un pedote. Un verso sin esfuerzo. ¿Alguien que le diga al funcionario con nombre de banda de rock mexicano que los que votaron por Calderón ahorita están más preocupados por la acidez y el dolor de rodillas que por enroncharse? Gracias.
Pero si de domesticar se trata, nadie lo hace mejor que los inquilinos de la Cámara Alta. Se le va a alisar una arruga, estimado bajavionese, cuando se eche este trompo a la uña: ¿Sí supo, no? Que instalaron un salón de belleza en pleno Senado. ¡Hágame usted el rechingado favor! Mientras el país se despeluca, nuestros representantes están preocupados por si el tinte les tapa las canas —y hasta los pecados— o si la manicura les combina con la Constitución que están recarpeteando con ayuda de ChatGPT. Habrase visto la domesticación de la función pública hasta convertirla en un spa de lujo con cargo al erario público. Ya no son «siervos de la nación», son clientes frecuentes del salón de belleza «La Cuarta Transformación de Look». Y no le digo cuánto tiempo llevo ahorrando para un corte de cabello medianamente decente, porque se le arruga otra vez. La cara, digo.
Si no van a hacer el bien, por lo menos no hagan chingaderas. Porque en este país la prioridad nacional no es la seguridad, ni la salud, ni que el trabajador llegue vivo a fin de quincena: la prioridad es que los legisladores no anden tan “dejados”. Ya con Noroña tienen.
Pero eso sí, qué generosos somos como nación. Usted no tiene para llenar el tanque completo, pero México sí tiene para andar de benefactor internacional mandando combustible y ayuda a Cuba, porque somos pobres pero solidarios, jodidos pero buena onda, endeudados pero altruistas. Aquí la gasolina sigue subiendo como espuma de caguama recién destapada, pero allá va en buques, bien humanitaria, bien digna. Candil de la calle, oscuridad de la casa.
Lo más irónico de toda esta chingadera es que, al final del día, no hay peor enemigo de Morena que… Morena. No necesitan oposición; ellos solitos se domestican y se muerden —o lamen— la cola. Se han amansado tanto entre ellos, que han creado una cámara de eco donde solo se escuchan sus propios aplausos, perdiendo de vista que afuera, en la calle, el trigo de Saint-Exupéry ya no es de oro, sino que está más seco que la presa de La Boca gracias a tanta méndiga ilustración de, basado en lo que sabe de usted, le ha pedido a ChatGPT. Ya ni la hace, estimado bajavionense.
A diferencia del zorro de la fábula, nosotros no deberíamos pedir que nos domestiquen. Al contrario, habría que desconfiar de todo aquel que nos ofrezca una jaulita cómoda a cambio de nuestro silencio.
Porque cuando el poder te invita a su mesa, usualmente no es para que comas, sino para que seas parte del menú.
O al menos eso es… lo que la gente cuenta, estimado bajavionense.

Bitácora de una prisionera
Ya lo dijo el narrador en la película Canoa (1976):
«Ya no tienen juicio. ¿Qué caso le hacen al padre? ¿Qué nos van a quitar? Si no tenemos nada. Pero lo dicen: el pueblo tiene susto de anterior».