#BAJAVIÓN: Rumbo a Ítaca

BAJAVIÓN

Rumbo a Ítaca, un ratito a pie y otro caminando

Por: Roble Limón

¿Qué Pachuca por Toluca, estimado bajavionense de toda la vida? Le escribo estas líneas todavía media cruda (ya es agosto) toda vez que por fin se acabó el torneíto amateur éste, el Mundial, para ahora sí poder concentrarnos en lo verdaderamente importante para el país: la poderosísima Liga MX. Y arriba los Pumas. Y hágale como quiera. Y del América ya sabrá lo que pienso.

El Mundial, como todas las méndigas cosas que emocionan demasiado a la humanidad, duró menos que lo que duró Mariana Ochoa en esta cuarta temporada de La Casa de los Famosos México. Apenas nos estábamos acostumbrando a ver gente de distintas nacionalidades abrazándose con desconocidos, expertos en geopolítica convertidos en directores técnicos y un pato –literal, con playera de la Selección Mexicana y tenis– como invitado estelar en el morning show preferido de “la chairiza”, La Mañanera, cuando ya estábamos de regreso en la programación habitual: homicidios, conferencias matutinas, bloqueos carreteros y uno que otro escándalo capaz de sobrevivir veinticuatro horas antes de ser reemplazado por el siguiente. Porque México is THE shit.

Y es que ya ve que en nuestro tricolor país tarda más en ponerse un tema de moda que nosotros en convertirnos en expertos comentaristas, supongo que por eso no me tomó por sorpresa cuando medio país empezó a hablar de La Odisea. Sí, la de Homero. Sí, esa que debió usted haber leído en la secundaria en lugar de andar en la esquina jugando futbolito con la palomilla.

No es de extrañarse que la historia siga funcionando hoy en día. Finalmente, México es una odisea per se. No por sus barcos de madera, cíclopes o dioses caprichosos (¿o sí?), sino por su cotidianeidad y la desagradable costumbre que tiene el destino de mover la meta cada vez que creemos estar cerca de alcanzarla.

Resulta y resalta que la Cuarta Transformación lleva ya más de siete años de travesía y todavía no llega a Ítaca. O si quiere verlo de manera más pior, ahí le va: llegó, se instaló, mandó traer a la familia, puso changarro y ahora nos quiere convencer de que Ítaca siempre fue Palacio Nacional y que preguntar a quién le toca heredar el trono es una provocación de la derecha rancia. Porque aquí el detalle no es si Ulises regresa a casa, el detalle es que Ulises YA llegó y ya se acomodó en el trono.

En 2018 millones de mexicanos votaron convencidos de que el viaje terminaba, cuando más bien resultó que zarpábamos. Y, ojo, lejos de mí el ánimo de reproche. Después de todo, pocas cosas tan legítimas como intentar algo distinto cuando lo anterior llevaba décadas disolviéndose en agua. La alternancia dejó de sentirse como alternancia y empezó a parecer decoración. Había cambiado el administrador del edificio, pero los elevadores seguían descompuestos. Como en el IMSS, que le dijera.

Morena entendió ese cansancio mejor que nadie. Y también entendió algo todavía más importante: los viajes épicos no se ganan prometiendo comodidad, sino esperanza. Sería absurdo embarcarse en una odisea esperando mares tranquilos. Se embarca creyendo que al otro lado existe una tierra mejor. El problema es que las odiseas tienen una pésima costumbre: duran mucho más de lo que uno calcula. Y, no sé a usted, pero a mí esta ya me duró de a madre.

En 2018 nos dijeron que había llegado la transformación definitiva. Que ahora sí terminaría la larga noche neoliberal. Que los corruptos iban para afuera –por la puerta de atrás–, los honestos para adentro –por la puerta de enfrente– y los pobres primero. La mitad del país aplaudimos –jeje, una disculpita, estimado lector–. La otra mitad fue o por ansiolíticos o por sus maletas para mudarse a Suiza (al menos eso es lo que ellos juraban). Pero, al final del día, nos chingamos parejo y todos abordamos el mismo barco. Desde entonces no hemos hecho otra cosa que navegar. Que si la pandemia. Que si Segalmex. Que si el AIFA. Que si Dos Bocas. Que si el Tren Maya. Que si la reforma judicial. Que si los abrazos. Que si los balazos. Que si los apagones. Que si el pleito con Estados Unidos. Que si las visas. Que si los aranceles. Que si la mañanera. Que si la respuesta a la mañanera. Que si la respuesta a la respuesta. En fin.

No está por de más recordar a Circe, aquella hechicera que transformaba hombres en cerdos y, no nos hagamos tarugos, la política mexicana logra un truco parecido, aunque bastante menos sofisticado. Gente que llevaba veinte años denunciando las peores prácticas del poder descubrió, casi de inmediato, que esas mismas prácticas eran perfectamente aceptables si ahora las ejercían desde su trinchera. Del otro lado ocurrió algo similar: antiguos guardianes de la democracia se volvieron paladines de cualquier cosa con tal de recuperar el timón. Y mientras todos discutían quién era el monstruo del capítulo, el viaje seguía.

Eso explica por qué resulta tan difícil imaginar el día después: porque ocho años bastan para que una generación entera empiece a creer que el paisaje siempre fue éste. Los adolescentes que hoy votan apenas recuerdan un México gobernado por alguien distinto. Para ellos las conferencias matutinas, la polarización diaria y la conversación política convertida en talk show forman parte del mobiliario nacional, como los baches, un Dr. Simi en todos lados menos en consulta, el calor de julio o las filas del SAT.

Llama la atención que un movimiento que nació prometiendo devolverle Ítaca al pueblo lleve un sexenio –y un chingo de monedas– construyendo la fortaleza más grande de la historia reciente alrededor del mismo trono. Ahí está el primer canto de esta Odisea patria: el Cíclope. Un ojo, uno solo, viendo todo, procesando todo, validando todo. Al principio pensamos que el ojo único era una metáfora bonita del pensamiento único, pero no, resultó ser más literal de lo que imaginábamos: un solo relato oficial, una sola verdad de a mañanita, un solo culpable posible para cualquier desgracia nacional (spoiler: siempre es el PRIAN, aunque el PRIAN ya ni existe más que en los recuerdos y en el discurso, como esos ex que uno sigue mencionando en terapia aunque llevemos tres relaciones después).

Cuando Ulises le clava la estaca en el ojo al Cíclope y grita que se llama «Nadie», uno no puede evitar pensar en la cantidad de funcionarios que, ante cualquier escándalo de huachicol fiscal, socavones, camionetas blindadas o hijos con nombre de personaje de Toy Story, de pronto también se llaman Nadie. «¿Quién autorizó esto?» Nadie. «¿Quién se benefició?» Nadie. «¿Quién tiene la culpa?» Nadie, aunque casualmente todos tienen chamba en el gabinete.Quizá por eso el oficialismo insiste tanto en hablar del pasado mientras la oposición–lo que queda de ella– habla del porvenir, aunque ninguno de los dos termine de convencernos de que sabe exactamente dónde queda. No se llega derechito ni de un solo tirón, se llega a tramos, alternando el paso, sin prisa, pero sin itinerario fijo. Nunca en línea recta. Nunca a la misma velocidad. Siempre confiados en que el ratito a pie y el otro caminando, sumados, algún día nos van a sacar a algún lado, aunque nadie se haya puesto de acuerdo en si ese lado se llama Ítaca o nomás bajan en la esquina en la siguiente parada del camión.

Homero tuvo una ventaja que nosotros no: él sabía cómo acababa la historia antes de empezar a escribirla. Nosotros seguimos leyendo el capítulo conforme aparece y eso vuelve muy difícil distinguir si acabamos de sobrevivir a la peor tormenta o apenas estamos saliendo del puerto. En las epopeyas nadie promete que el viaje será sencillo, en la política mexicana todos prometen que el próximo tramo sí. Ahí luego solitos descubrimos que nomás era otra escala.

Entonces, dejaré esto por aquí y me retiraré lentamente… ¿Estamos seguros de que seguimos intentando regresar a Ítaca, o ya nomás nos gusta contar que vamos para allá?

Bitácora de una prisionera

Nadie sabe exactamente cuánto falta para llegar. Cada capítulo parece el último. Nunca lo es.

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