
Teotihuacan, lugar donde los hombres se convierten en dioses
La gran riqueza cultural de nuestro país está basada entre otras cosas en el gran antecedente histórico y la gran variedad de asentamientos prehispánicos que establecieron las bases de nuestro patrimonio, principalmente los Mayas y los Aztecas, considerados entre las civilizaciones más importantes a nivel mundial.
Las riquezas arqueológicas que nos heredaron han tomado mucha fuerza en los últimos años, lugares como Xochicalco, Teotihuacán, Dzibilchaltún, Monte Alban o Chichén Itzá, considerado una de las siete maravillas del mundo moderno, pero en esta ocasión nos enfocaremos a conocer un poco más acerca de la zona arqueológica de Teotihuacán.
Antes de iniciar, cabe mencionar la importancia que tienen los ciclos astronómicos para nuestras culturas. Los Mayas hicieron cálculos exactos de los periodos sinódicos de Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Calcularon con exactitud, los períodos de la Luna, el Sol y de estrellas, con base a estos cálculos se marcaba los inicios de festividades rituales. Por lo que estos lugares son de gran importancia para los periodos de equinoccios y eclipses.

¿Qué es Teotihuacan?
El significado de la palabra Teotihuacán se deriva del náhuatl: Teōtihuácān, Lugar donde fueron hechos los dioses; ciudad de los dioses es el nombre que se da a la que fue una de las mayores ciudades de Mesoamérica durante la época prehispánica.
La ciudad prehispánica de Teotihuacan fue uno de los centros urbanos más grandes del mundo antiguo, que llegó a concentrar una población mayor a los 125,000 habitantes en una zona de alrededor de 25 kilómetros cuadrados, en su momento de máximo esplendor. Situada en un valle rico en recursos naturales, Teotihuacan fue la sede del poder de una de las sociedades mesoamericanas más influyentes en los ámbitos político, económico, comercial, religioso y cultural, cuyos rasgos marcaron permanentemente a los pueblos del altiplano mexicano, traspasando el tiempo y llegando hasta nosotros con la misma fuerza y grandeza con que sus constructores la planearon. En 1987, fue reconocido como Patrimonio Universal de la Humanidad por la UNESCO.
Los orígenes de Teotihuacán parecen estar relacionados con las erupciones de los volcanes Xitle y Popocatépetl, con terremotos y nubes de cenizas que indujeron a desplazarse a los pobladores de Cuicuilco y otros asentamientos alrededor de los volcanes. El valle de Teotihuacán les ofrecía un buen lugar para establecerse, con agua potable, tierras fértiles donde cultivar maíz y conexiones con las grandes rutas comerciales de Mesoamérica. Hay pocos datos sobre los habitantes del valle antes de la construcción de las grandes pirámides.
Para conectar el norte y el sur del valle se desarrolló la denominada calzada de los Muertos, una imponente vía ceremonial con una orientación desviada 15º 25’ hacia el este del norte astronómico, lo que marcó la orientación de la mayoría de edificios de la ciudad. Como el norte del valle estaba más alto que el sur, la calzada de los Muertos seguía una trayectoria descendente desde la plaza de la pirámide de la Luna; esta pendiente se salvaba mediante un ingenioso sistema de plazas hundidas y plataformas.
En Teotihuacán varios edificios se encuentran orientados hacia donde se oculta el Sol. Tal es el caso, de la pirámide del Sol, de Quetzalcóatl, y posiblemente del palacio de Quetzalpapálotl, entre otros. Asimismo, estas alineaciones son para el 21 de febrero o para el 21 de octubre o durante el solsticio de verano. Sin embargo, con el equinoccio de primavera no se ha identificado una alineación exacta hasta el día de hoy.

La influencia de Teotihuacán alcanzó la costa del Golfo, el actual estado mexicano de Oaxaca y la zona maya. Estas relaciones eran muy variadas. Con los gobernantes de Monte Albán (a casi 500 kilómetros, en Oaxaca) se establecieron relaciones al más alto nivel, ya que la mica, un producto oaxaqueño, era muy apreciada por los teotihuacanos. En los actuales estados de Puebla y Tlaxcala, comunidades enteras producían la cerámica de estilo anaranjado delgado exclusivamente para los teotihuacanos, y los estados de Morelos y Guerrero proporcionaban materia prima para la escultura.
Hoy en día Teotihuacán es reconocida como uno de los testimonios más sobresalientes del urbanismo antiguo y el desarrollo estatal, por lo que es objeto de interés para investigadores de México y el mundo, que a través de distintas disciplinas científicas continúan explorando su complejidad.
Pirámide del Sol y la Luna
La Pirámide del Sol se encuentra envuelta en el misterio. Se cree que en su cúspide se erigió un templo. Nuevos túneles y cámaras se van descubriendo poco a poco, algunas con objetos ceremoniales. La Pirámide del Sol es la estructura más importante dentro del Conjunto Arqueológico de Teotihuacán, encontrándose en el centro de la Calzada de los Muertos, entre la Pirámide de la Luna al norte y La Ciudadela en el sur.
La Pirámide del Sol es una de las estructuras más grandes de Mesoamérica. Tiene una altura de aproximadamente 65 metros y una base de más de 220 metros por lado, en la década de los años 70 los arqueólogos realizaron un hallazgo formidable: bajo la pirámide se encontró una cueva a la que se entraba justo por enfrente de la pirámide. La cueva de 102 metros de largo, terminaba en lo que parecía ser una flor de cuatro pétalos, siendo cada pétalo una especie de cámara. Se supone que existe un vínculo entre estas cuevas y el mítico lugar de origen de los aztecas, llamado Chicomotzoc o “el lugar de las siete cavernas”, pero no ha podido establecerse con claridad. La pirámide tenía una gran importancia simbólica y religiosa para los antiguos habitantes de Teotihuacán. Se cree que estaba dedicada al dios del sol y que era un lugar donde se realizaban ceremonias y rituales relacionados con el culto solar.
La Pirámide de la Luna marca el límite norte de la Calle de los Muertos, lo que de suyo le confiere una alta carga simbólica, y es el elemento más notorio de uno de los espacios urbanos más armónicos de la ciudad, la llamada Plaza de la Luna. Este amplio espacio, que se encuentra rodeado por 13 basamentos con las típicas características arquitectónicas teotihuacanas y que en su momento se encontraban totalmente pintados, constituía un escenario inmejorable para los rituales públicos. Al pie de la pirámide se encuentra la Estructura A, enmarcada por dos basamentos, en cuyo interior se encuentran nueve altares dispuestos sobre los muros más uno al centro, que simbolizan los rumbos cardinales, los intercardinales y el centro del universo.

El Equinoccio de Primavera
Durante los equinoccios de primavera y otoño, el patio del Templo de Quetzalpapálotl es la sede de un fenómeno arqueo-astronómico que indicaba «el inicio de un nuevo ciclo de tiempo”.
A principios de 1961 los arqueólogos Jorge Acosta y Jorge Canseco iniciaron la exploración de los edificios situados en la parte oeste de la plaza de la Pirámide de la Luna, en Teotihuacan. Allí reportaron, en junio de 1962, el hallazgo de un complicado palacio al que provisionalmente llamaron “Palacio de las Mariposas”, en virtud de que encontraron piedras con relieves de alas como de mariposas. Estas piedras eran parte de los pilares que sostenían el techo de vestíbulos ubicados alrededor de un patio cuyos muros mostraban pinturas con motivos de grecas escalonadas enmarcadas por ganchos. En ellas advirtieron hileras de círculos de color verde, los cuales resultaron ser huellas de un pegamento que mantenía adheridos unos discos de mica. Acosta concluyó que el palacio fue quemado por los mismísimos teotihuacanos en los últimos momentos de la gran ciudad.
Al Palacio de Quetzalpapálotl se llega partiendo de la plaza de la Pirámide de la Luna, hacia su parte suroeste, de donde, luego de subir por una amplia escalinata, se accede a un recinto techado, al fondo del cual se halla una puerta que comunica hacia este bello recinto, posiblemente privado.

Cuando Jorge Acosta encontró el Palacio la arqueo-astronomía era una disciplina prácticamente desconocida. Muchos años después de este hallazgo se observaría en Chichén Itzá un efecto solar que cobraría fama mundial: en El Castillo se proyectaba la forma curva del cuerpo de una serpiente, con lo que se anunciaba la llegada el equinoccio, importante evento astronómico. En el Palacio de Quetzalpapálotl, también señalando el equinoccio de primavera, entre las 7:15 y las 7:45 horas, mientras el sol se eleva, la sombra escalonada de las almenas del lado este del patio va recorriendo los ángulos de las figuras, también escalonadas, pintadas en rojo sobre el muro occidental del palacio. La sombra se desplaza de sur a norte, como si bajara unas gradas.
La pintura del Palacio sobre la que se proyecta la sombra, se acompaña de una serie de círculos de mica, a manera de espejos que conforme recibían la luz solar lanzaban destellos sobre la parte no iluminada del recinto. La figura escalonada es un xicalcoliuhqui, especie de greca cuya evolución, según demostró Alfonso Caso, partió de las formas naturalistas de la serpiente. Por tanto, ambos efectos, el de Teotihuacan y el de Chichén Itzá, presentan el recorrido de sombras sobre cuerpos serpentinos, y ambos suceden con gran precisión el día del equinoccio. Ya que el palacio teotihuacano se construyó antes que el edificio de Yucatán, tenemos aquí la influencia de la ideología del centro de México en la zona maya. Las observaciones hechas nos muestran una hierofanía en la que se encuentran la oscuridad y el día.
La leyenda, el Sol y el Conejo de la Luna
En la noche de los tiempos, allá por Teotihuacan, los dioses se reunieron para planear el nuevo día. Y preguntaban quien llevaría a cuestas la luz. Entre los allí reunidos se presentó Tecuciztécatl. ¿Y quién más? Como todos se miraban temerosos y se escondían, los dioses se dirigieron a Nanahuatzin, quien tranquilamente aceptó pues amaba a los dioses.
Tecuciztécatl y Nanahuatzin comenzaron a preparar sus ofrendas mientras ayunaban como penitencia; a la par, los dioses preparaban el fuego de la “roca divina”. Todo lo que Tecuciztécatl ofrendaba era precioso: plumas de quetzal, oro, espinas de jade, copal y sangre de coral obtenida por espinas de obsidiana. Lo que Nanahuatzin ofrecía eran cañas verdes, plantas medicinales, ocote, espinas de maguey y la sangre pura que manaba por su empleo.
Cada uno hizo penitencia en los montes que les construyeron los dioses, los que se dicen son hoy conocidos como las pirámides del Sol y de la Luna. Al concluir el periodo de ayuno regaron sus ofrendas en la tierra y a la medianoche se adornaron y vistieron. A Tecuciztécatl le obsequiaron un tocado de plumas de garza y a Nanahuatzin le regalaron un tocado de papel.

Así fue que los dioses comenzaron a reunirse alrededor del fuego divino y en medio colocaron a Tecuciztécatl y a Nanahuatzin. Le ordenaron a Tecuciztécatl que se arrojara al fuego. Este obedeció con premura, pero al sentir el ardor del fuego no lo pudo resistir y retrocedió. Lo intentó una, dos, tres, cuatro veces más y no fue capaz de lanzarse a las llamas; en ese momento, le ordenaron a Nanahuatzin que se adentrara en las llamas. Se arrojó decidido; hizo fuerte su corazón, cerró los ojos y no vaciló. Ardía en el fuego divino. Aquella actitud decidida hizo reflexionar a Tecuciztécatl sobre su temor, e impulsado por el arrepentimiento, se lanzó a las llamas…aunque para entonces, ya era tarde. En esos momentos un águila descendió hacia la hoguera y súbitamente un ocelote brincó dentro cuando las llamas casi se apagaban. De esta forma se explican el negro plumaje del águila y las manchas del ocelote.
Los dioses aguardaban de un momento a otro la aparición de Nanahuatzin en algún lugar del cielo, ya transformado en sol. Y el sol llegó del oriente pintado de rojo, hiriendo la vista, esplendoroso, proporcionando calor. Tecuciztécatl llegó después, brillando con igual intensidad. Los dioses se preguntaban qué hacer con dos soles. Al principio los dos brillaban igual, pero los dioses, como recuerdo de su cobardía, le arrojaron un conejo a la Luna, con lo cual disminuyó su brillo. Este conejo puede verse aún hoy en la Luna, y sirve para recordarnos que el valor es una virtud mayor que la belleza o la riqueza.
Es ahí donde nace el nombre de Teotihuacan… donde los hombres se convertían en dioses…