JUÁREZ EN LA ACTUALIDAD.

JUÁREZ EN LA ACTUALIDAD.

En marzo se celebra el natalicio de Don Benito Juárez García, por lo que en esta ocasión y para no ser tan repetitivo en hablar de su historia y obra tan ampliamente ocupada y comentada, quisiera que podamos imaginar a Benito Juárez en el siglo XXI.

En inicio exige trasladar sus principios del XIX —no sus políticas concretas— a los dilemas actuales. La comparación y análisis confirman que su esencia fue el liberalismo republicano, el legalismo y la construcción de un Estado laico con instituciones fuertes. Un Juárez contemporáneo no sería un populista, sino un jurista riguroso con un proyecto de nación muy definido.

Juárez encarnó la supremacía de la Constitución. En el siglo XXI, su gobierno sería profundamente institucionalista: acataría sentencias de la Corte, respetaría la división de poderes y gobernaría con gabinetes técnicos. Su famosa máxima “Nada por la fuerza, todo por el derecho” lo pondría en tensión con los personalismos actuales. Rechazaría el culto al líder; como él mismo dijo: “En esta mesa todos somos republicanos, no juaristas”.

Su célebre frase sobre vivir en la “honrosa medianía” no era eslogan, sino convicción.

Un gobierno juarista hoy significaría:


. Eliminación de privilegios en todos los poderes (no solo en el Ejecutivo).
· Fiscalización estricta del gasto público.
· Política de deuda externa cautelosa. Juárez suspendió pagos en 1861 y enfrentó una invasión; hoy, mantendría finanzas sanas, pero sin subordinación al FMI o a los mercados como dogma.



Juárez no era anticlerical, sino estadista: separó Iglesia-Estado para que el poder civil fuera autónomo. En el XXI, esto implicaría blindar la laicidad frente a embates de grupos religiosos conservadores. Su gran pasión fue la educación: en 1867 decretó la educación pública, gratuita y obligatoria. Hoy, su obsesión sería el acceso universal a internet, la alfabetización digital masiva y que ningún niño zapoteca, maya o rarámuri quedara fuera de la economía del conocimiento. Sería un presidente obsesionado con la ciencia y la tecnología.

Juárez defendió la soberanía con un ejército precario. Hoy enfrentaría guerras híbridas, espionaje digital y corporaciones transnacionales. Su política exterior sería principista pero pragmática: como cuando negoció con EE.UU. el tratado McLane-Ocampo (nunca ratificado) para obtener apoyo militar. No sería un nacionalismo autárquico, sino defensa de la autonomía nacional mediante alianzas estratégicas y regulación estricta de gigantes tecnológicos extranjeros. Promovería la seguridad de datos como parte medular de la soberanía.

Juárez tiene una zona gris histórica: reprimió la rebelión indígena en Juchitán porque violaban una sentencia judicial. Para él, la ley no admitía excepciones étnicas. En el siglo XXI, su gobierno sería implacable contra la impunidad, pero chocaría con el reconocimiento actual de derechos colectivos y autonomías indígenas. Habría una tensión permanente entre su centralismo jurídico y el México pluricultural. No sería un presidente «cercano», sino respetado y distante.
Un Juárez contemporáneo gobernaría sin TikTok ni ocurrencias. Su comunicación sería la del pedagogo cívico: explicando por qué las instituciones importan más que las emociones del momento. El retrato robot: un presidente que prioriza la república sobre la popularidad. No sería un político querido en las redes sociales, pero quizá sería el estadista necesario para un México que, 150 años después, aún busca consolidar su Estado de derecho.

Su lección más vigente no es un programa económico, sino la convicción de que sin instituciones, no hay futuro.

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