Héctor, El Sr. Fuego

Héctor, El Sr. Fuego “Entre llamas y perros”

Por Berenice Vallejo

En el andar de la vida cotidiana, entre el caos y el ritmo acelerado, aparece de forma espontánea —casi sin que nos demos cuenta— la vida de una persona que, dentro de la maleza de la aparente indiferencia, no pudo pasar desapercibida por su peculiar personalidad.

Frente a una construcción neogótica en Avenida Cuauhtémoc, en la Ciudad de México —edificada durante la Revolución Mexicana y que hoy alberga la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario— comenzó a gestarse una especie de crisálida de la que saldría un hombre llamado Héctor. Un día llegó, se sentó en una banca, y desde el cristal de la veterinaria “Ami Sam” al lado de la iglesia, Luci —que trabaja ahí— notó que tenía un nuevo vecino. Poco después, comenzó a hacer malabares en la esquina del semáforo frente a la gasolinera. Todo el entorno es tan particular que simplemente no puede pasar desapercibido.

En este andar diario no pude mantenerme ajena al personaje. Día a día lo he visto desenvolverse en una sociedad rota, con una composición caótica, pero que no deja de tener esa característica tan nuestra: la de integrar, como parte del paisaje, a todo tipo de personas que viven cerca, haciéndolos comunidad. Es una paradoja interesante.

Héctor pronto se integró, y con él llegó Agustina, una perrita mestiza de color negro con patas blancas. Fue entonces cuando comencé a preguntarme: ¿por qué tantas personas en situación de calle adoptan un perro? ¿Qué los hizo llegar hasta ahí? Aquí comienza su historia, que me fue contada después de muchas charlas.

Héctor Ocampo Villa, de 52 años, lleva tres años viviendo completamente en situación de calle. Ha tenido que enfrentarse a la idea de la soledad y a lo que la sociedad contemporánea suele etiquetar como “fracaso”. Tuvo una familia. Es padre de cuatro hijas —nunca tuvo hijos varones— y recuerda con detalle el momento y etapa en que nació cada una. Por distintas circunstancias perdió contacto con las dos primeras; entre la juventud y su inexperiencia, los lazos se rompieron. Las dos menores vivieron con él en un matrimonio marcado por la codependencia emocional —algo que muchas personas transitamos en algún momento de nuestras vidas, resultado de carencias afectivas.

Entre nuestras múltiples charlas, Héctor ha hablado del desapego. Tomar la decisión de salir de un mundo caótico no fue fácil. La Real Academia Española define el apego como la afición o inclinación hacia alguien o algo; su antónimo, desapego, significa falta de interés, alejamiento. Héctor vivió el desapego hacia su familia y entorno en carne viva. Tuvo que pasar por un proceso en el que su capacidad de amar se vio comprometida. El problema —me dice— es que, al tomar este camino, existe un punto crucial: uno puede perderse a sí mismo. Pero también, y paradójicamente, encontrarse en un estado de libertad interior.

Pasar de tener trabajo y bienes a quedar en la calle fue un proceso. Antes, trabajaba como conductor de autobuses de pasajeros, tenía un taxi y mototaxis. Por diversas razones fue vendiendo sus pertenencias, mientras crecía el conflicto en su matrimonio. Descubrir una infidelidad de muchos años terminó por quebrarlo. Disturbios emocionales lo llevaron a generar más problemas, y un día, de pronto, ya no tuvo techo. En un momento de la historia me narra cómo cayó en estado de shock; después de varias semanas, simplemente se encontró caminando sin rumbo. La policía lo halló, revisó sus pertenencias y encontró una dirección: allí vivían su madre y su hermana. Ambas negaron tener parentesco con él. Verse sin apoyo ha sido uno de los momentos más duros que ha vivido.

Mientras me contaba su historia, y lo veía hablar frente a esa iglesia gótica, pensaba en cómo lo he visto construir, con sus propias manos, un pequeño refugio en plena calle. Llegó sin nada, y poco a poco fue dándole forma a un espacio propio: una casa hecha de madera, telas y plásticos; después instaló una especie de gimnasio al aire libre, con un costal de boxeo, pesas, una cuerda para saltar y varios objetos para sus malabares. En una esquina muy transitada, donde la vida no se detiene.

Fue entonces cuando entendí que no era una persona cualquiera. Le pregunté: “¿Cómo decidiste combinar el clown, el fuego y el malabarismo?” Me respondió:

“Un día, después de caminar mucho y pedir aventón, llegué afuera de un concierto del grupo La Lupita. Le pedí a un chico del valet parking que me prestara 15 pesos para comprar diésel. Quería lanzar fuego para conseguir algo de comida. Tenía hambre y frío. El chico me dijo que ni con fe conseguiría eso. Me acerqué a otro hombre, y me dio 100 pesos. Comí, compré el diésel, y regresé con el valet para mostrarle el billete: ‘¿Ya viste lo que hace la fe?’”.

A partir de entonces, se abrió paso en el asfalto. Llegó a una esquina de la colonia Roma y poco a poco fue conociendo a la comunidad. La llegada de Evangeline Agustina fue el punto de unión. La veterinaria lo apoyó con su esterilización y vacunas, y poco a poco la gente se fue acercando… primero a la perrita, después a él. Luego llegaron Ramona María y, unas semanas después, Jr. Rodolfo. Así, sin pedirlo, se formó una manada, una familia, y también una red: una comunidad que creció alrededor de su presencia. Algunas personas ayudaban; otras murmuraban: “se va a llenar de perros”. Pero, en el fondo, todos sabíamos que algo especial se estaba construyendo.

¿Qué ves desde la calle, cómo ves a la sociedad?

“Veo a las personas dentro de sus coches, muchas veces con sus propios problemas. Algunas no se sorprenden al verme, otras platican entre ellas… pero pareciera que el ritmo de la vida no les da tiempo para vivirla.”

¿Qué te sostiene cuando todo se pone difícil?

“Cuando me di cuenta de que ya no había nadie en mi vida, entendí que la única persona que estaba conmigo… era mi yo interno.”

Contar la vida de una persona en unos cuantos párrafos es imposible. Pero sí se puede tocar un matiz, una chispa. Héctor es un representante de muchas vidas invisibles, que están ahí, al borde de nuestra mirada, en una ciudad que nos traga con su prisa. Una vez, un amigo me dijo: “Hablar desde afuera del problema es hablar desde el privilegio”. Tal vez yo no sepa lo que es vivir en situación de calle, pero este acercamiento con respeto mutuo me ha hecho reflexionar: ¿por qué no somos más empáticos? No siempre se necesita dinero. A veces basta una conversación, una pregunta: ¿necesitas algo? ¿te puedo ayudar?

Comprendí también algo que no había entendido del todo: el vagabundo y su perro no son una imagen estereotipada, sino una figura simbólica, inseparable. El perro es familia, es calor, es sostén. Me entristece pensar que muchos no nos acercamos a Héctor hasta que llegó Evangeline.

Este es el primer día del resto de su vida. A raíz de este acercamiento, muchas personas comenzamos a platicar con él, y entre nosotros. Nos presentó entre vecinos: los curas de la parroquia, los trabajadores del OXXO, los repartidores en moto que le traen algo de comida, los policías de la zona que le dejan un pan. Teníamos demasiados prejuicios. El “vago” no siempre es lo que imaginamos. Héctor se esfuerza por mantenerse limpio, fuerte, ordenado, por cuidar a sus perros, trabajar, sostener su dignidad… mientras sueña con salir de la calle.

Su maquillaje es apenas la máscara de una obra que cada noche levanta telón frente al viento, el sol, la luna y el asfalto. Y yo, por mi parte, puedo decir que, gracias a un perro callejero, hicimos comunidad. Nos encontramos.

Y hoy, tengo un nuevo amigo: Héctor, El Sr. Fuego.

Si quieres ver más de esta entrevista sígueme en berenicevallejo.com

Agradecimiento especial a Veterniaria: Ami Sam https://www.instagram.com/vetamisam/

Fotografias: Berenice Vallejo

¡Felicidades, Revista Talento, por sus 50 ediciones!
Ser parte de este equipo ha sido un honor y un viaje enriquecedor. Gracias por abrir espacios a las voces diversas, creativas y valientes que construyen cultura, comunidad y futuro.
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