
Habitando la herida
Prácticas de arte, inclusión y cuerpo en contextos de violencia
Por Berenice Vallejo
Hoy me tomo el tiempo de detenerme a mirar pero sobre todo a escuchar un trabajo que no puede leerse únicamente desde la teoría ni desde la distancia. Hay prácticas que exigen cuerpo, que exigen presencia, que incomodan porque obligan a reconocer aquello que como sociedad hemos decidido no ver. El trabajo de Samantha Viveros Mendoza se sitúa justamente ahí, en ese lugar donde la inclusión deja de ser discurso y se vuelve experiencia concreta, encarnada, muchas veces dolorosa. Samantha es licenciada en Educación Especial en el área auditiva y de lenguaje y maestra en Docencia en Artes y Diseño, y su trayectoria se ha construido en el cruce entre la educación especial, las artes, el diseño y la inclusión educativa, siempre desde un enfoque interdisciplinario con impacto social . Sin embargo, decir esto no alcanza a nombrar lo que realmente sucede en su práctica, porque su trabajo no se queda en lo académico ni en lo institucional: ocurre en el encuentro directo con cuerpos atravesados por la violencia, por el abandono, por la negligencia y por el silencio.

Durante mucho tiempo, la inclusión ha sido planteada como un ideal que se escribe en documentos pero que pocas veces se vive. En ese sentido, una de las cosas que más me confronta de su trabajo es la claridad con la que identifica cómo la educación especial ha operado desde la lógica del “parche”, adaptando materiales que no fueron pensados para cuerpos diversos, en lugar de diseñar desde la diferencia . Y aquí hay algo que me parece fundamental: adaptar no es incluir. Incluir implica reconocer que no todos los cuerpos perciben, sienten y aprenden de la misma manera, y que por lo tanto los lenguajes también deben transformarse. Es en ese punto donde el arte deja de ser un complemento y se convierte en una herramienta. El grabado, el collage, lo textil, lo háptico, aparecen como posibilidades para que las personas puedan expresarse, narrarse, contar su historia desde lugares que no dependen únicamente de la palabra . Esto, desde mi propia práctica, resuena profundamente, porque también yo trabajo con cuerpos que han sido marcados, intervenidos, atravesados, y entiendo que hay experiencias que no pueden ser contenidas en un lenguaje verbal.
Hay una escena que no se puede ignorar y que de alguna forma condensa todo: una niña amarrada a una silla dentro de un espacio educativo, inmovilizada, ignorada, anulada en su posibilidad de aprender. Samantha desobedece, la desata, decide trabajar con ella, reconocerla como sujeto, y esa acción genera incomodidad, conflicto, rechazo . Esa escena no es anecdótica, es estructural. Es la evidencia de una violencia que no siempre se nombra como tal porque está normalizada, porque se ejerce desde la negligencia, desde la indiferencia, desde la idea de que hay cuerpos que no importan o que no tienen capacidad. Es ahí donde su proyecto Mujeres Invisibles cobra sentido, no como una propuesta estética sino como una necesidad urgente de nombrar lo que está ocurriendo. Un proyecto de investigación–acción que trabaja con mujeres con discapacidad, muchas de ellas atravesadas por historias de violencia, abandono o institucionalización, donde lo que se busca no es sólo generar producción artística, sino abrir espacios seguros donde estas historias puedan emerger y ser escuchadas .
Y aquí aparece algo que atraviesa todo su trabajo y que para mí es central: la escucha. Pero no cualquier escucha. No una escucha pasiva ni complaciente, sino una escucha que implica sostener lo que aparece, incluso cuando es incómodo, incluso cuando duele. En espacios como Sagrado Corazón, donde habitan mujeres con discapacidad en contextos de violencia extrema, la intervención no puede ser superficial; requiere una preparación ética, emocional y metodológica que pone en evidencia la complejidad de trabajar con estas realidades . El arte se convierte entonces en un medio para decir lo que no ha podido ser dicho, pero también en una forma de existir frente a otros, de ser vistas, de ser reconocidas. Y en ese proceso no sólo se transforman las participantes, también se transforman quienes acompañan, quienes llegan desde las artes o el diseño sin haber tenido contacto previo con la discapacidad y se enfrentan a sus propios límites, a sus propias ideas sobre el cuerpo, sobre la capacidad, sobre el otro.

Hay algo profundamente honesto en la manera en la que Samantha construye su trabajo: el reconocimiento de que no puede hacerse sola. Su práctica es colectiva por necesidad, no por elección estética. Desde la creación de talleres hasta el desarrollo de materiales como un glosario en lengua de señas mexicana para la prevención de la violencia, todo implica la colaboración de múltiples disciplinas: educación especial, arte, diseño, producción audiovisual, lengua de señas, ilustración, diseño editorial . Esta forma de trabajo rompe con la idea del autor individual y propone otra lógica, una donde la complejidad se sostiene en comunidad, donde cada quien aporta desde su lugar para construir algo que ninguna podría hacer por sí sola.
Hay un punto donde inevitablemente su trabajo se cruza con el mío, y es en la reconstrucción. Desde el tatuaje estético reconstructivo, yo trabajo con la piel como archivo, con la cicatriz como huella, con el cuerpo como territorio donde se inscribe la experiencia. En su caso, la reconstrucción no ocurre sobre la piel, pero sí sobre la posibilidad de narrarse, de existir, de ser escuchadas. Y en ambos casos hay algo en común: no se trata de borrar la herida, sino de integrarla, de generar condiciones para que el cuerpo y la persona puedan volver a habitarse de otra manera. Eso no ocurre sin escucha. No ocurre sin un otro que esté dispuesto a sostener.
Quizá por eso este trabajo no puede cerrarse. Porque no es un proyecto terminado, sino un proceso en constante construcción. La continuidad del podcast, la generación de nuevos espacios, la apertura de exposiciones, la invitación constante a que más personas se sumen, todo apunta a que esto apenas comienza . Y tal vez ahí radica su potencia: en no buscar resolver, en no romantizar la inclusión ni suavizar la violencia, sino en hacer algo mucho más complejo y mucho más necesario, que es sostener, escuchar y, desde ahí, comenzar apenas a reconstruir.
Y es justo en ese sostener donde aparece algo que no puedo dejar de nombrar: la profunda admiración que siento por su trabajo. Porque no es solamente lo que hace, sino desde dónde lo hace. Se requiere una fuerza interna muy particular para decidir involucrarse en estos espacios, para atravesar disciplinas, para moverse entre la educación, el arte, el diseño y lo social sin fragmentarse, y sobre todo para habitar realidades que muchas veces otros prefieren no mirar. Hay una valentía en su práctica que no es espectacular ni discursiva, sino constante, silenciosa y profundamente comprometida.

También hay algo que me parece especialmente significativo en la manera en la que decide posicionarse en el presente: sin miedo a formar parte de las dinámicas contemporáneas donde la visibilidad se disputa, donde las redes sociales se convierten en un campo de tensión constante por ser visto, escuchado, reconocido. Y aun así, su trabajo no se diluye ahí, no se vuelve superficial, sino que utiliza esos espacios como extensión de una práctica mucho más profunda. Eso, en sí mismo, implica una claridad y una determinación poco comunes.
Por eso, más allá del análisis, lo que queda es el reconocimiento. No sólo de su trayectoria, sino de la forma en la que decide estar en el mundo: involucrándose, tomando postura, sosteniendo procesos complejos y abriendo espacios donde antes no los había. Y eso, en el contexto en el que vivimos, no sólo es valioso, es urgente.
Porque al final, de eso se trata todo esto. De habitar la herida.
No desde la evasión, no desde la corrección, no desde el intento de borrarla, sino desde la decisión consciente de mirarla de frente, de sostenerla, de escuchar lo que tiene que decir. Samantha lo hace desde su práctica, desde su cuerpo, desde su forma de vincularse con otras personas y con el mundo, entrando ahí donde duele, donde incomoda, donde nadie quiere quedarse.
Y quizá esa sea la forma más profunda de reconstrucción: no la que promete sanar rápidamente, sino la que se atreve a permanecer.
A habitar, acompañar y desde ahí, transformar.
