Pagar más caro para no mirar

Pagar más caro para no mirar: lo que cuesta contratar al coach más caro creyendo que es lo mejor para uno, cuando lo que pide atención es la autoestima, el criterio y la madurez emocional.

Un prometedor empresario en la consulta soltó una frase que no he podido quitarme de la cabeza: «Doctor, llevo seiscientos mil pesos gastados en coaches, entrenadores personalizados y sigo despertando a las tres de la mañana.»

Seiscientos mil.

Y le confieso que lo primero que se me vino a la cabeza no fue nada clínico: fue «qué barbaridad, cómo se dejó ver la cara». Todavía me pregunto si esa reacción no será parte del problema. Si los que atendemos esto no hemos sido, también, un poco culpables de no atraer a quien lo necesita a nuestro consultorio.

Le pregunté cuánto tiempo llevaba despertando así. Cuatro años, me dijo. En ese tiempo nadie se lo había preguntado antes, porque en cuatro años nadie le había hecho una historia clínica: le habían diseñado tableros de indicadores, un “retiro” en Valle de Bravo y un plan de noventa días para desbloquear su potencial. Resultó tener apnea del sueño y un cuadro depresivo mayor. Dos cosas tratables. Dos cosas que ningún taller de crecimiento y mentalidad iba a investigar ni a  mover.

No es un caso raro. En México, entre los primeros síntomas de enfermedad mental  y la primera consulta pasan de cuatro a doce años.

Nadie compra la sesión; compra la frase. Es como comprar un relato, no un tratamiento

En el consultorio he visto entrar a hombres y mujeres que dirigen plantas, despachos y consejos de administración. Casi todos llegan tarde. No llegan tarde a la cita: llegan tarde a la ayuda. Antes pasaron por dos o tres procesos de acompañamiento que costaron diez veces más y no tocaron nada. Lo que se compra no es un tratamiento. Es un forma de comprar una mejor versión para contar

Y hay una razón que casi nadie dice en voz alta.

La diferencia empieza en el nombre. Decir «estoy en terapia» carga con una confesión incómoda: algo en mí falla «Voy con un psiquiatra» se siente como una confesión de estar enfermo, de estar dañado o descompuesto. . Decir «tengo coach» dice otra cosa completamente distinta: voy tan bien que estoy afinando la máquina

«Tengo un coach ejecutivo y personalizado» se siente como una inversión. se dice hasta con orgullo en una comida de negocios. Pero en ambos casos es el mismo insomnio, la misma irritabilidad, el mismo miedo a que se caiga todo si uno suelta el volante —pero con dos etiquetas distintas. Una raspa la identidad. La otra la pule. Pero en comparativa las dos etiquetas en la charla en una comida de negocios pesan distinto en la mesa. Una lo vuelve a usted un hombre o una mujer que invierte en sí mismo, fuerte, moderno, dinámico que no escatima en buscar herramientas para mejorar y la otra lo vuelve un paciente -y nadie quiere sentarse en la silla del paciente

Y aquí les voy a ser franco, porque lo sencillo es decir que es puro ego y  casi nunca es eso.

Kohut, el autor que entendió el narcisismo como pocos, lo explicó fácil: el que no soporta verse frágil casi nunca, en realidad es un tipo que se cree mucho. Es alguien que se sostiene de lo que logra. Quítele los logros y no queda un hombre humillado. Queda un hombre sin piso. En muchas ocasiones eso es miedo, e incluso vanidad.

El precio como coartada

Después viene el argumento del costo, que es el más elegante y el más tramposo. Cuando un cliente no sabe cómo evaluar la calidad, usa el precio como brújula. Lo hacemos con los abogados, con los cirujanos y con el vino (cuando pensamos que por ser más caro es mejor).

La paradoja es que la misma persona que pide referencias, estados financieros auditados y tres entrevistas antes de contratar a un director de finanzas suspende todo ese rigor justo en el momento de decidir quién va a meter las manos en su vida interior.Es traer la vara en la mano y no usarla. Es no querer auto cuestionarse y mirar  y eso ya no es ignorancia. Es un criterio que se posee y no se aplica. Uno no investiga a fondo cuando en el fondo prefiere no encontrar.

En 2008, un equipo del MIT publicó en la prestigiosa revista *JAMA* un experimento incómodo. A 82 voluntarios les dieron una pastilla de azúcar y descargas eléctricas leves. A la mitad le dijeron que costaba 2.50 dólares; a la otra, diez centavos. Era la misma pastilla. El 85% del grupo que tomó la pastilla cara reportó menos dolor. Del grupo de la barata, 61%. Lo caro convence. Pero otra cosa es que sea bueno, que realmente ayude o que cure.

Lo que el carisma no ve. Hay una razón menos moral y más médica para preocuparse.

Una depresión bien compensada no se ve. Se disfraza de exigencia, de mal humor, de dos copas de más, de «ando cansado». Para cacharla se necesita ojo entrenado, no corazonadas. Y desde los años setenta sabemos que un expositor seguro y elocuente recibe mejores calificaciones que uno prudente, aunque diga menos: es el efecto Dr. Fox, y sigue replicándose.

En salud mental, esa prudencia que parece debilidad suele ser la señal de que alguien sabe lo que hace.

El coach trabaja para ti. El terapeuta, no exactamente.

Al coach la empresa lo contrata, lo evalúa y lo despide. Es su proveedor.

En una buena psicoterapia la posición es otra: hay alguien cuyo trabajo consiste, a veces, en decirle que usted también participa en el problema que viene a resolver. Que ese patrón se repite. Que lo que llama exigencia quizá sea terror a ser insuficiente. El terapeuta a veces es un espejo que le muestra lo que no quiere ver y que lo confronta

Nadie paga con gusto por eso. Pero eso es exactamente lo que cambia a una persona.

Donde sí hay un problema serio

Seamos justos: el coaching serio  sirve pero situaciones precisas. El mejor metaanálisis disponible, con 37 ensayos aleatorizados, encontró un efecto moderado y real. Para procesos relacionados a la empresa como negociar, delegar, ordenar una sucesión o sobrevivir a un consejo hostil, un buen coach habla un idioma que casi ningún terapeuta habla. Pero por otro lado el coaching no está regulado. En casi ningún país necesitas licencia, ni supervisión, ni hay colegio que te sancione. Es una industria de 5,340 millones de dólares y casi 123 mil practicantes donde la barrera de entrada es prácticamente ninguna. Cualquiera abre su práctica mañana. En el coaching tampoco existe el secreto profesional que sí ampara a un paciente frente a un médico. Y este dato debería incomodarnos a todos: entre 25% y 50% de las personas que contratan un coach tienen una condición de salud mental diagnosticable. Depresión, ansiedad, alcohol, bipolaridad o trastornos de personalidad. Un coach no está entrenado para detectarlas y legalmente no puede tratarlas. Cuando lo intenta, el costo no es la cantidad de dinero en honorarios. Son los meses o los años que retrasó el tratamientoEl problema entonces es de indicación, no de gremio. Mientras tanto, más de la mitad de los mexicanos con depresión no recibe ninguna atención.

Narciso, Edipo y Ulises

Mi maestro en la manera de mirar esto fue el Dr. Carlos Alberto Velasco Suárez, psiquiatra argentino que insistía en una idea incómoda: nos acostumbramos a explicar con enorme seguridad cosas que ni siquiera existen.

Velasco sostenía que la persona se manifiesta clínicamente en siete rasgos, y hay dos que este mercado maltrata a diario. La intimidad, que no es material para un pódcast ni para una story, y la responsabilidad, que no es echarle ganas ni traer buena actitud, sino hacerse cargo de lo que uno decide.

Le gustaba citar a Kohut, que al final de su vida dijo que, si Narciso y Edipo son metáforas de la enfermedad, Ulises es la metáfora de la salud. Ulises no se optimiza. Ulises vuelve a casa, reconoce a los suyos y acepta haber envejecido en el camino.

La pregunta que cuesta cero pesos

Antes de firmar cualquier contrato, hágase una sola pregunta, gratuita y devastadora:

¿Lo mío es un problema de método o un problema de historia?

Si no logro delegar porque nunca aprendí a diseñar procesos, es método. Contrate al coach.

Si no logro delegar porque desconfío de todo ser humano desde que tengo memoria, y ese patrón ya me costó dos socios y un matrimonio, es historia. Y no hay retiro en Tulum que alcance a revisar una biografía.

La terapia sale más barata en pesos. Sale carísima en otra moneda: la de aceptar que uno también participa en el problema.

Ese es el costo que muchos no quieren pagar. Y siempre habrá quien cobre muy bien por ayudarlos a no pagarlo.

Juan Pablo Núñez Martínez

Psiquiatría y Salud Mental

Hospital Starmedica Querétaro

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