Ciberacoso.

Ciberacoso: una experiencia personal, una causa común, una necesidad por legislar.

 

He sido testigo y víctima de acoso, entendiendo por el término a que alguien de manera específica e identificable, incomode, trasgreda y perturbe mi espacio, mi privacidad, mi tiempo, mi pensamiento y mis emociones. Hace poco más de un año viví en ese sentido una de las situaciones más complejas de mi vida, lo que me llevó a padecer ansiedad a niveles inauditos expresados en una enfermedad gastrointestinal asociada con el temor, la angustia y el miedo, que controlaban mi vida y que me impedían pensar con claridad y actuar en consecuencia.

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En términos de su definición, el acoso puede combinarse dependiendo de los ámbitos en los que se realice. Sin embargo, aunque exista de muchas formas y clasificaciones, cuando sucede, el lugar, contexto, entorno, etc., en el que una persona se percibe amenazada, es independiente de su salud emocional y mental que, a diferencia de aquellas variables, esta es única y converge en una sola identidad.

En el caso propio, viví una situación que mezclaba el ámbito personal con el laboral, debido a que mi trabajo, por ser en línea, ameritaba su cumplimiento sin restricción de horario, localización, contexto, e incluso privacidad, ya que podía desempeñarlo tanto sola como acompañada de personas, desde mi computadora o desde un café internet, siempre y cuando guardara la debida atención, concentración y cuidado que ameritaban los procesos educativos y de desarrollo humano que entonces formaban parte de mi labor. Así las cosas, mis patrones se encontraban en una ciudad distante a la mía y nuestra comunicación era virtual. Durante más de cinco años nos entendimos de manera sobresaliente más allá de lo presencial. Nuestros medios de contacto eran los correos electrónicos, las redes sociales, los mensajes y publicaciones en los foros que compartíamos, tanto en el espacio en línea correspondiente al trabajo, como en los espacios de dominio público en lo virtual.

Según la RAE, el acoso laboral se define como la práctica ejercida en el ámbito de trabajo y consiste en someter a un empleado a presión psicológica para lograr su marginación. La misma RAE define el acoso psicológico como la práctica ejercida en las relaciones personales, consistente en dispensar un trato vejatorio y descalificador a una persona, con el fin de desestabilizarla psíquicamente.

Cuando en el ámbito laboral surgieron discrepancias irredimibles a través de los medios mencionados, estos mismos, que en otro tiempo fueron lazos de trabajo, colaboración, respeto, e incluso admiración, se convirtieron en canales de zozobra, incertidumbre y angustia dosificada. Disparadores de la segregación de adrenalina en mi cuerpo, que más allá de aumentar mis niveles de energía, bajaban la serotonina y la dopamina, dejándome invadida de dolor, congelada e impotentemente callada.

El tipo de acoso que viví incluía llamadas telefónicas, correos electrónicos, espionaje de redes sociales, inclusión de personas, cuestionamientos extraños y acercamientos virtuales sospechosos que duraron meses y que penetraron tanto en el mundo en línea como en el presencial, tanto laboral como personal a nivel local; el primero de los cuales afortunadamente jamás se vio modificado debido al establecimiento previo y sólido de lazos de confianza y credibilidad, que las amenazas y descrédito a través de lo virtual, no lograron minar y mucho menos acabar, como era su objetivo.

Recientemente y gracias a una amiga muy querida, encuentro gratamente que este tipo de experiencias tienen nombre y están en este momento encontrando eco legislativo, el CIBERACOSO es una realidad que vivimos muchas personas y que tiene graves consecuencias en todas las áreas de la vida de un ser humano.

En lo personal, tuve que levantar una demanda que aún no ve el final, perdí una suma cuantiosa de dinero que nunca se me pagó a pesar de evidencias contundentes de haber realizado un trabajo contratado y acordado legalmente, tuve que visitar al médico, tratar la ansiedad y llevar a mi cuerpo, mi mente y mi corazón a zonas seguras a través de una búsqueda de descanso, trabajo y construcción de nuevas redes…todo un proceso de reconstrucción, todo un proceso de sanación, todo un proceso de aprendizaje, de crecimiento y lucha, que es complejo explicar, porque sus causas, consecuencias y evidencias en textos, audios, videos, etc., se encuentran todas en el mundo virtual.

Muchas veces he compartido con mis seres queridos el sentimiento de soledad y aislamiento que vivimos quienes nos desarrollamos en el mundo virtual y trabajamos en él por tiempo prolongado. La incomprensión se suma a la angustia de experimentar una necesidad de cuidado y de resguardo, al transitar por una “tierra sin ley” real, perceptible y plenamente tangible para quienes habitamos los espacios que no ocupan volumen, no tienen masa y que sin embargo, cuentan con una metafórica y variable densidad.

Hoy, ante acontecimientos como el que explico y ante el ser testigo de casos en los que personas allegadas se ven involucradas en experiencias de acoso cibernético, – o ciberacoso-, en el uso y manejo de redes sociales y medios de comunicación electrónica, llena de esperanza comparto mi alegría al decir que espero ansiosa que la denominada “Ley Olimpia” vea la luz en el estado de Coahuila.

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Legislar es proteger, es levantar una barrera, es permitir que el sendero de la prevención se transite y cada día se haga más plano y vivible, y es descansar en la tranquilidad que brinda la certeza de las consecuencias ante actos cuya impunidad duele, lastima y renueva la agresión.

Leer entre líneas en el mundo virtual es una habilidad que se desarrolla solamente practicando, sintiendo, observando, probando, comparando. Cuántas emociones y sensaciones se comparten cada día por medio de las redes sociales, que lejos de nombrarse simplemente se perciben; la popularidad y adicción que estas provocan es evidente y su tendencia es creciente. Es por eso que hoy como mujer adulta, responsable de mis actos y al mismo tiempo partícipe de derechos y obligaciones; ejerzo el llamado de decir lo que viví, lo que viven congéneres, lo que les espera a jóvenes, adolescentes, hombres y mujeres sin importar credos, economía, nivel educativo o social, incluso a adultos mayores, que en el desconocimiento e ignorancia, así como en la ingenuidad y desde la inocencia, manejan las redes sociales, publican sus alegrías, tristezas, decepciones y mejor o peor aún, al igual que lo hago yo, desarrollan su actividad profesional, seria y comprometidamente, sin esperar que personas que se albergan en la invisibilidad y lejanía que brindan las pantallas de celulares y computadoras, encuentren en la alevosía y ventaja la forma artera de dañar sin misericordia y de modificar sus vidas impunemente, perenemente…

Sobra decir que es imprescindible enseñar a las personas de todas las edades a manejar sus redes sociales y medios de comunicación electrónicos, de forma que con ellos se cuente a favor y nunca en contra, a confiar sin conceder en ese mundo de ilusiones, a prever sin dejar de disfrutar en ese tiempo sin límite, a caminar en esas distancias sin cansancios. Sin embargo, es imprescindible también legislar desde la justicia, establecer reglas, poner límites y definir consecuencias y sanciones a través de las cuales nos manejemos prudentemente en un mundo desconocido pero real, incierto pero palpable, evidente pero etéreo, intangible pero sensible, humano pero mecánico, discutible pero eminente e inevitablemente verdadero.

 “El primer requisito de la civilización es el de la justicia.”
Sigmund Freud.

Aurora Luna Walss

Psicoterapeuta Familiar y de Pareja

www.auroralunawalss.com

cel. 8711785249

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