¿Estás preparado para recibir nuevos retos y aprendizajes?

Diana González

Poliedro

Siguiendo la tradición y los rituales dictados para iniciar el año hacemos una lista de deseos, de metas, de objetivos, de intenciones personales, paralelamente las organizaciones diseñan y llevan a cabo sus DNC de forma concienzuda y detallada. Pero, en el plano personal, ¿estamos conscientes de qué es aquello que necesitamos aprender?, ¿conocemos cuáles son los puntos en los que estamos obligados a mejorar, a crecer, a cambiar?

¿Cuáles son las habilidades, competencias, conocimientos, pero, sobre todo, aquellas actitudes que debemos aprender o modificar?

Para tener la capacidad de crear, proponer o transformar, debemos primero preguntarnos si somos repetidores de información, como millones más, o si somos mentes libres con un pensamiento crítico y educado a cuestionar constantemente qué patrones, métodos y paradigmas hemos aprendido y cuáles ya no se adecúan a nuestra actualidad.

Educar no es dar respuestas rápidas, sino sembrar la duda, la curiosidad, cuestionarse; por otro lado “aprender”, a grandes rasgos, es considerado como un proceso por el cual adquirimos conocimientos, habilidades o información. Que hayamos “aprendido” algo no se ve reflejado hasta que modificamos alguna conducta o ponemos en práctica una habilidad.

Nuestras empresas requieren urgentemente innovaciones, pueden ser de cualquier tipo, ya sea en los productos o servicios, en los procesos, en la forma de organizarse o en la manera de vender o hacer marketing; pedimos a nuestros colaboradores que sean pensadores creativos, pero ¿qué hacemos para estimular dicha creatividad? ¿Cuáles son los criterios que seguimos para que el desarrollo de nuevas ideas, la creatividad e innovación sean acogidos y hacerlos florecer? ¿Realmente proporcionamos como directivos las herramientas y el ambiente necesario para llevar a cabo dicho proceso?

El desarrollo de pensadores y la formación de colaboradores creativos sólo es posible a partir del despliegue de todas nuestras potencias vitales, de tener las condiciones materiales y culturales adecuadas para promover el desarrollo potencial de los individuos, en despertar y activar aquellas funciones que, siguiendo a Vygotsky, estarían en la zona de desarrollo próximo e incluirán las características históricas en que se hallan los sujetos en formación. Entendida así, la formación es exactamente lo contrario al desarrollo de competencias, las que están focalizadas exclusivamente en “el saber hacer en contexto”, con una connotación predominantemente instrumental, y centradas en lo que hace el sujeto y no en lo que potencialmente haría en otras condiciones menos institucionalizadas y normatizadas.

Este énfasis en las potencias de la persona permite no sólo confrontar y cuestionar las diversas formas que adopta el conocimiento, también en las consecuencias; es decidir cómo, por quién y en nombre de qué principios ser educado y formado, sino reconocer que el pensamiento crítico no sólo es inherente sino coadyuvante del proceso de formación, implica que los formadores asuman las resistencias y las oposiciones, la imaginación y la voluntad de sus aprendices como mecanismos de autoformación y autocreación de sí mismos y de otros mundos posibles.

Ahora bien, dependiendo de la forma como utilizamos estos dos lenguajes —el de adopción del conocimiento y el del sujeto en formación— surgirán nuevos lugares de encuentro, se construirán nuevas intersecciones; en fin, se creará una comunidad que acepte cambios en las formas de regular el poder entre géneros y generaciones, la elaboración creativa de formas alternativas de conocimiento, que comprenda que otras formas de organización social son posibles a partir de pactos sociales cooperativos, asociativos y morales que permitan apuntalar la democracia, que restituya la posibilidad real de crear instituciones y acciones colectivas a partir de la reciprocidad mutua, la asociación voluntaria, la solidaridad, la autosuficiencia económica y alimentaria; en otras palabras, en asumir el pensamiento crítico como uno de los ejes fundamentales sobre los que debe descansar cualquier proceso de formación.

El especialista en aprendizaje en línea, Stephen Downes, mantiene una postura interesante. En su hoja de ruta para la enseñanza y el aprendizaje en la era digital, sostiene que, en el sistema educativo del futuro,

“El núcleo del aprendizaje no se encuentra en lo que se define en el plan de estudios, sino en cómo los maestros ayudan a los estudiantes a descubrir nuevas posibilidades de cosas familiares, y luego de cosas diferentes”.

Bajo esta opinión, la tecnología nos puede ayudar a hacer cosas nuevas, arraigadas en nuestra comprensión de cómo tienen lugar la enseñanza y el aprendizaje. El aprendizaje puede ser lúdico, maravilloso, una forma de entender y dar sentido al mundo. Las pedagogías cambian y se desarrollan en respuesta a los cambios de la sociedad. ¿Hemos modificado la práctica formativa desde la perspectiva de la organización, o seguimos capacitando desde antiguos patrones pedagógicos a nuestros colaboradores y pidiéndoles ser mas creativos en su trabajo?

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