Bajavión: El Juego del ‘Bienestar’

BAJAVIÓN

El Juego del ‘Bienestar’

Por: Roble Limón

Pos ora sí que ya se la saben, mi gente, vayan sacando carteras y celulares y depositándolos en esta bolsa de Sabritones… Naaasecrea, estimado lector, si no los trae a la mano pos ahí después me los da, al cabo por’ay nos estamos viendo (sin albur)… Naaasecrea otra vez, lo que pasa es que a veces ya no haya uno la salida en este capítulo cómico-mágico-trágico-musical de esta serie del género thriller llamada “vida de adulto”: deudas, desmañanadas, trabajo, estrés, responsabilidades, pagos del Tiangucci, del Liverpulgas, del Pacazo de Hierro, desvelos… weno, pero los desvelos esos sí son por gusto, que por andar del tingo al tango ahogando las penas en alcohol aunque aprendan a nadar, que por andar mandando “Ontas?” a lo puro desgraciado —y, además, a puro pendejo—, o que por andar viendo series de Nesflit. Ta’ potente el asunto, como quiera que sea.

Ya encarrerados en series, ¿ya vio la de “El Juego del Calamar”? Si no la ha clachado, un momento, engarróteseme’ay, vaya a verla y luego ya después regresa a leer, porque no será boiler, pero sí le van a esplotar los espoiler en su carita tan preciosa y me va a dispensar, pero no quiero adquirir otra deuda y que luego me lo anden cobrando a usted como si sirviera… kediga, perdón, me lo anden cobrando a usted como si fuera nuevo.

Bueno, ya que advertido está, arránquese maestro con el símil de esta serie con los clásicos de toda la vida de nuestro México lindo y qué herido.

Pa’ empezar hablemos del fenómeno mundial en el que se ha convertido esta serie surcoreana de 9 capítulos inspirada en algunos juegos de infancia coreanos. Comienza con la historia de un ruco, 40 y pico de años, padre, que quiere mucho a su chavalita, sí, pero que es medio inestable y que todavía vive con su jefecita santa, a quien le tumba la tarjeta del banco pa’ clavarse la ayuda de los “65 y más” para apostarlo todo en juegos de azar a ver si por fin se saca la lotería y logra darle una mejor vida a su chavalita y a su jefa, aunque pa’ lograr su cometido primero las joda más. Total que el ruco aplica el autoanexo cuando lo invitan a participar en ese mentado Juego del Calamar que consiste básicamente en rifársela para sobrevivir a una serie de juegos infantiles en los que si no pasas tal o cual prueba te quiebran. El ganador se lleva 45 mil 600 millones de wones surcoreanos, equivalentes a 789 millones 700 mil pesos mexicanos, aproximadamente. Ay sí… como si esas cosas pasaran… Cof, cof.

Fíjese que luego ya cuando uno está mirando la serie, se imagina cómo sería si existiera algo similar en la vida real y pues está cabrón… hasta que vuelve uno en sí, recordando su día a día, la vida real… y pues está cabrón. Ahí en la serie de perdido les pagan.

El concepto: vidas que valen más que otras

El Juego del Calamar es una mordaz crítica contra el capitalismo y la desigualdad social por clase.

De entrada, el común denominador de los participantes de la competencia son las deudas impagables y/o vivir al borde de la marginación, decadente el pedo pues. Como quiera sí le ando dando un aire al perfil… con pena y todo. Una isla lejana, allá por an’case la chingada, es el sórdido escenario en el que se desarrolla la trama. El lugar es comandado por el patrón, un ruco de máscara negra, y administrado por unos vatos que visten un mameluco (no como para su chiquito, sino ya para los más grandes), quienes portan unas máscaras marcadas con un cuadrado (lo que significa que te alejes de la gente de mente cuadrada), un triángulo (como llamado a no formar parte de un triángulo amoroso) y un redondo (prestas, jaja, no se crea).

Ahhh, pero para esto arriba de “Don Chingón”, el de la máscara negra, están “Don Chinguetas”, un grupo de gringos a quienes nunca se les ve la carátula porque la tienen cubierta con máscaras de animales repletas de diamantes. Estos rucos ‘tán enfelmos, de veras, y su única función es ponerse a pistear en un palco desde donde divisan las competencias en vivo y apuestan por su jugador preferido. Así, igualito que como se han de aplastar el Mark Zuckerberg, el Elon Musk, y demás, a ver cómo nos quedamos sin agua a medio baño, cómo nos empinamos con una moto Itálika a 854 meses en Elektra, y cómo le chillamos a la Maruchan cuando amagan con retirarla del mercado… por sabrosa, sí, pero más por barata y porque nos ayudaba a librar de perdido la quincena… En fin.

“¿Y eso qué tiene qué ver con la Navidad?”, diga. Y está en lo correcto: no tiene nada qué ver. Con la Navidad no, pero sí con el individualismo llevado al extremo y con “la ley del más fuerte”, de Darwin, un aforismo sobre el origen de la moral que afirma que la visión de la sociedad sobre el bien y el mal está determinada por aquellos que ostentan el poder, de ahí frases como “El pez grande se come al chico” (sin albur, otra vez).

Dicho lo anterior, y habiéndolo puesto en contexto, el pasado 6 de septiembre la ciudad de Tula y varios municipios de Hidalgo quedaron bajo el agua a causa del desbordamiento del Río Tula. El saldo: al menos 15 personas muertas y más de 30,000 viviendas afectadas. Diez días después, el cauce del río invadió nuevamente la ciudad por el desfogue de presas en el Valle de México.

Dean Chahim, ingeniero civil y doctor en antropología, hizo su investigación posdoctoral en la Universidad de Princeton sobre la problemática del drenaje del Valle de México, de ahí que recientemente publicó un interesante artículo en el Washington Post explicando que este desastre no se trató de un “fenómeno natural” como señalan, evidentemente, las autoridades, sino que fue un efecto predecible derivado del manejo político del drenaje en el Valle de México. Se lo resumo (lejos de mí el ánimo alburativo): La Ciudad de México convirtió al Río Tula en su drenaje; el Río Tula se desbordó por el torrente adicional de agua mezclada con caca que les mandaron los capitalinos. ¿Qué tiene eso de “natural”?

Entre otras cosas, y para no entrar en tecnicismos, el análisis menciona que hay personas que literalmente tienen en sus manos el poder de decidir si inundar primero las zonas de alta marginación para proteger la zona centro de la capital del país, porque “las industrias valen más que la vida, y hay vidas que valen más que otras”. Tal y como deciden los que visten mono (mameluco) rojo y usan máscaras con un cuadrado, un triángulo o un círculo. Eso, el poder que te da el poder.

Pero si hasta el presidente lo dice: Primero los pobres…

El viejillo que nos engañó a todos

Uno de los personajes con mayor proyección, y también con gran carisma, fue el jugador 001, un viejito bien bonito y tierno con el que uno se encariña de volada… hasta que se da cuenta uno de que le vieron a uno la cara de pendejo, jeje. El señor llega a causar algo que acabo de inventar orita mismo y a lo que acabo de denominar como “Efecto ANLO”.

¿Y por qué? Se ha de preguntar usted, estimado lector, pos ahí viene el agua. Repito, si no ha visto la serie, mejor ya no le siga a menos que no piense verla. Ora sí, como le decía, lo denominé como “Efecto ANLO” porque resulta que el cabrón viejito, quien figuraba como un desprotegido jugador, era el organizador de todo el desmadre. Y uno pidiendo incapacidad para no ir a jalar el día después de que vio uno el capítulo en donde al viejito se le jode la caja de velocidades y se queda parqueado… para siempre.

Así como el ruquillo coreano se metió al juego nomás a ver qué Pedro Picapiedra, nuestro Cabeza de Cotonete —después de más de 20 años de estar a chingue y chingue— llegó lo más lejos que podía llegar en su carrera política pareciera que nomás “pa’ ver qué se sentía”, porque ni persigue delincuentes, ni encarcela expresidentes, ni endereza la economía, y mejor se anda peleando con la senadora Lilly Téllez.

Revise su bolsa de canicas, estimado lector, porque capaz que ya trae nomás puras piedras.

Los VIPS

Como le comenté en un principio, en la serie aparecen unos hombres gringos multimillonarios que portan unas máscaras atiborradas de diamantes, denominados “Los VIPs”. Básicamente lo único que hacen es estar tomando whiskylucan mientras, desde un balcón muy emperifollado, ven morir a la gente en un sádico y cruel juego al tiempo que hacen sus apuestas por ver quién va a sobrevivir. El privilegio, pueblo trágico.

Hace unas semanas, la conductora de televisión, Inés Gómez Mont y su esposo, Víctor Manuel Álvarez Puga, fueron señalados con una orden de aprehensión por los delitos de peculado, delincuencia organizada, operaciones que ascienden a los 3 mil millones de pesos con recursos de procedencia ilícita y abuso del uso de botox… No se crea, esto último me lo inventé. Desde entonces no han dejado de salir a relucir los despampanantes lujos que el matrimonio compartía. Con decirle que entre éstos se encontraba nada más y nada menos que la casa del mismísimo Shrek… perdón, de la cantante Cher, con valor de más de 12 millones de dólares. No pos así con tanto varo quién no es provida, ¿verdad?

Y es que la verdad uno ya no está nomás pa’ pasar el rato… uno ya busca algo serio, a alguien con quién montar una empresa fantasma y desviar fondos. También ahora sí que “el pobre es pobre porque quiere”, pos es que uno también debería estar lavando dinero en lugar de andar lavando garras. Haiga sido como haiga sido, pues pobre mujer, como quiera que sea, ojalá que el susto no le vaya a hacer daño a su bebé… ya ve que siempre está embarazada. Bueno, primero que la encuentren…

Entonces pues, básicamente, cosas como esas son las que hace la chingada —a veces con ayuda de sus hijos— cuando no lo está cargando a usted.

El Juego del Calamar, que muy probablemente se convertirá en una de las series más vistas de Netflix, es un programa distópico, violento y enloquecido, pero a la vez fácilmente imaginable. Aunque si le rasca tantito, la realidad sigue superando a la ficción, ¿apoco no?

Bitácora de una prisionera

Otra similitud, aunque no por ser la última deja de ser la menos importante: La de la mona gigante amarilla que tuerce a los que se mueven pa’ aventarles la mirada asesina, con mi jefecita santa cuando me empiezan a sonar los envases de caguama en la mochila. RIP mis planes.

Pero bueno, si la vida me pone piedras en el camino… pos ya mejor me las fumo. Con todo respeto.

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