Inteligencia relacional:

                                                                                     

Inteligencia relacional: Qué es y cómo utilizarla

POR RAÚL ERNESTO GONZÁLEZ PINTO

“Nuestra interacción con los demás es un sello distintivo en la vida. Para ser efectivos en lo que hacemos, debemos aprender a relacionarnos de manera efectiva si queremos ser exitosos”.

  • Robert E. Dittmer, experto en relaciones públicas

“El que tiene más saliva traga más pinole”. En mis tiempos no había refrán más acertado para describir a un líder, pues se daba por hecho que el más listo o lista era quien sacaba las mayores ventajas. De ahí que resultara natural poner al frente de un grupo a quien mejor le ‘giraba la piedra’.

Daniel Goleman fue el aguafiestas que se atrevió a hacer añicos la premisa anterior. Tras la aparición de su coyuntural libro “La inteligencia emocional”, afirmó sin tapujos:

“Los líderes más efectivos tienen un rasgo crucial en común: la inteligencia emocional. No es que el coeficiente intelectual y las habilidades técnicas sean irrelevantes; desde luego que importan. Sin embargo, mis investigaciones –al igual que otros recientes estudios–  claramente muestran que la inteligencia emocional es la condición ‘sine qua non’ del liderazgo. Sin esta, una persona podrá tener el mejor entrenamiento del mundo, una mente incisiva y analítica y un sinfín de brillantes ideas, lo cual no le bastará para ser el mejor líder”.

Una década después, el propio Goleman hubo de rectificar de alguna manera su rumbo: sí, la inteligencia emocional es importante, pero la inteligencia social es aún mejor. Se expresaba así en “La inteligencia social: La nueva ciencia de las relaciones humanas” (2006):

“Casi todos los descubrimientos científicos que presento en este libro han sido posteriores a la aparición, en 1995, de ‘La inteligencia emocional’, y cada día aparecen otros nuevos. Cuando lo escribí, mi interés se centró en el conjunto esencial de capacidades humanas INTERNAS que nos permiten gestionar adecuadamente nuestras emociones y establecer relaciones positivas. En este nuevo libro, sin embargo, amplío el marco de referencia… y me adentro en la psicología INTERPERSONAL (o sea, en las relaciones que llevamos con otros”.

Las nuevas investigaciones a las que se refiere Goleman provienen de la neurociencia y se centran en un descubrimiento fundamental: el cerebro humano se encuentra programado para conectar con los demás, lo cual garantiza nuestra condición de seres sociales. Y no solo ello. La conexión neuronal es más intensa con las personas con las que más convivimos a diario. O sea, con las que llevamos una relación más estrecha, tanto en el ámbito personal como el laboral.

Goleman afirma que cada vez que nos relacionamos cara a cara con alguien, nuestro cerebro social también se conecta con el suyo. A este fenómeno se le conoce como neuroplasticidad, de ahí que la calidad de nuestras relaciones cobre una importancia antes insospechada. “Las neuronas espejo – apunta el autor – se activan cuando vemos que alguien, por ejemplo, se rasca la cabeza o enjuga una lágrima, de modo que parte de la activación neuronal de nuestro cerebro imita la suya… permitiéndonos participar en las acciones de la otra persona como si fuésemos nosotros quienes realmente las estuviésemos ejecutando”.

Estos hallazgos le confieren un sentido enteramente diferente a la idea de empatía, pues no se trata ya de simplemente intentar ponernos en los zapatos del otro, sino que en cierto modo empezamos a caminar a la par con él o ella, ya que podemos sentir en carne propia sus sensaciones y sus emociones gracias a las neuronas espejo, que -como su nombre lo dice – reflejan lo que perciben en el otro. En palabras de Goleman, esta “empatía primordial” te faculta, sin más, a sentir lo que aquel frente a ti siente.

DE LA INTELIGENCIA SOCIAL A LA RELACIONAL

Experimentar lo que la otra persona siente es solo un primer paso, ya que esto no resulta suficiente para que nuestra interacción sea exitosa. Lo que falta es la aptitud social, que nos facilitará la tarea de establecer relaciones productivas y eficaces. Para dicha tarea habremos de hacer uso de la inteligencia social, entendida como la capacidad de comunicar y formar relaciones basadas en la empatía y la asertividad.

Curiosamente, el concepto de inteligencia social dista de ser nuevo, pues fue concebido por el pedagogo estadounidense John Dewey en 1909 para nombrar la habilidad de observar y comprender las circunstancias sociales y relacionarlas con la educación moral. El concepto fue refinado en 1920 por Edward Thorndike, quien lo describió como la habilidad para actuar con sabiduría en las relaciones humanas. En 1947, el psicólogo J. Wedeck la definió como la “habilidad psicológica para juzgar de manera correcta los sentimientos, estados anímicos y motivaciones de los individuos”. Y, en el libro antes citado (2006), Goleman la identifica como la habilidad para construir relaciones humanas exitosas y conducirse con fluidez en los ambientes sociales.

Como se verá, el terreno de la inteligencia social es sumamente amplio, ya que es objeto de estudio de disciplinas tan variadas como la psicología, la comunicación y el desarrollo humano, por lo que cubre comportamientos variopintos, entre ellos desarrollar conversaciones, resolver conflictos, emitir señales no verbales y adherirse a normas grupales.

En “La inteligencia social: la nueva ciencia del éxito”, Karl Albretch invita a sus lectores a desarrollar una especie de “radar social” que les permita dirigirse con sensibilidad hacia las necesidades e intereses de sus semejantes. Identifica, en particular, un indicador único para medir la inteligencia social de un individuo: la energía social, entendida como el impulso que nos lleva a interactuar e influir en los demás. “A una persona con un alto nivel de energía social – señala en el texto citado – le resulta fácil y deseable relacionarse con otros, pasar tiempo con ellos y realizar cosas en su compañía”. Cuatro estilos de interacción social derivan de dicha variable: el del Conductor, quien posee una elevada energía social y enfocado en la tarea; el  del Motivador, caracterizado por su elevada energía social y su compromiso con las relaciones personales; eldel Diplomático, quien compensa su menor energía social con una enorme voluntad de cooperación; y el del Solitario, con una energía social reducida y una elevada confianza en sí mismo.

Albretch identifica además cinco características propias de la inteligencia social: conciencia situacional, presencia, autenticidad, claridad y empatía. Por conciencia situacional se refiere a la capacidad de comprender las situaciones sociales de las que formamos parte, poniendo particular atención al lenguaje, actitudes y comportamientos de nuestro interlocutor. La presencia es la suma de sensaciones que transmitimos –incluyendo nuestro lenguaje corporal, actitud y apariencia física–, las cuales nos permitirán calibrar el impacto que ejercemos. La autenticidad es ser congruentes en nuestras acciones para evitar caer en la manipulación y el narcisismo. La claridad supone comunicar con transparencia nuestros pensamientos, ideas y opiniones. Finalmente, por empatía se refiere a mostrar consideración por los sentimientos ajenos, para lograr un vínculo que lleve a la cooperación mutua.

La inteligencia relacional hace su aparición en escena. Esther Perel, una psicoterapeuta belga que en su práctica profesional explora la conjunción entre la necesidad de amar y el deseo de libertad, acuñó en años recientes el concepto de inteligencia relacional, a la que define como la habilidad de los seres humanos para construir conexiones significativas dentro de un marco de confianza mutua. Desde su perspectiva, la calidad de las relaciones es un indicador confiable de la calidad de vida de la persona, por lo que ha estudiado de manera concienzuda tanto las relaciones amorosas como aquellas que son propias de los ambientes laborales.

Perel considera que la inteligencia emocional es una plataforma valiosa desde la que opera la inteligencia relacional, ya que en la medida que seas capaz de entender tus emociones podrás construir relaciones exitosas. Si bien habilidades sociales como la comunicación efectiva, el manejo de conflictos y la construcción de confianza son consideradas importantes en el contexto laboral, hoy en día resultan vitales, pues las competencias socioemocionales son ya ampliamente valoradas. De lo contrario, pregúntate: ¿preferirías tener como jefe a un ingeniero brillante con habilidades sociales limitadas o a uno medianamente bueno con habilidades sociales extraordinarias?

De acuerdo con los indicadores de desempeño laboral, la calidad de nuestras relaciones se traduce en conversaciones ricas y productivas en el lugar de trabajo. Jeannotte y Gobeil (2022) plantean que la relaciones sólidas dentro de la organizaciones van de la mano con factores como los siguientes: a) los equipos trabajan con más rapidez y eficiencia, b) la innovación y la creatividad ocupan el lugar del miedo al fracaso, c) los colaboradores muestran una mayor disposición a compartir información y aprendizajes, y d) se permiten mostrar su vulnerabilidad y compartir sus ideas de manera honesta.

Para Perel, la inteligencia relacional no se limita a la manera en que se relacionan las personas entre sí, puesto que también toma en cuenta el contexto en el que operan dichas relaciones, incluyendo la dinámica de poder, las jerarquías organizacionales y el nivel de apertura a la inclusión y al diálogo. El propósito de esta terapeuta es que los líderes se comprometan a construir un ambiente en el que las relaciones entre sus colaboradores prosperen al máximo, para lo cual requieren establecer un equilibrio entre compasión y productividad (si eres “fan” de los podcasts, te recomiendo “How’s work? With Esther Perel”).

Realiza este ejercicio con tu equipo de trabajo. Para estimular la inteligencia relacional, puedes llevar a cabo el siguiente ejercicio con tus colaboradores: 1) ponlos a trabajar en pares, 2) la persona “A” comparte un problema real relacionado con el trabajo, para el cual carece de solución, 3) tras escuchar con atención, la persona “B” plantea preguntas como las siguientes: ¿Cómo te sientes al respecto?, ¿de qué manera te afecta esta situación?, ¿Qué es lo que más te preocupa a un nivel más profundo?, ¿Cuál sientes que es tu mayor necesidad?, ¿de qué tienes miedo?, ¿Qué has aprendido hasta ahora de esta experiencia?, ¿Qué te haría sentir que te mueves en la dirección correcta?, ¿Qué sucede en el mejor de tus escenarios?, 4) a continuación pídeles a ambos que intercambien roles y repitan el proceso, 5) realiza una plenaria en la que invites a todo el equipo a compartir aprendizajes. Una variante de este ejercicio es que tú plantees rutinariamente las preguntas del paso 3 a tus colaboradores cada vez que la situación lo amerite.

SECRETOS DE LAS RELACIONES SANAS Y FELICES

Miguel Ruiz, vástago del autor de “Los cuatro acuerdos”, es coautor con Heatherash Amara –una sanadora holística– de un libro enfocado en las relaciones humanas: “Los siete secretos de las relaciones sanas y felices”. Para ambos, el secreto del compromiso en una relación reside en el compromiso con uno mismo, ya que si no honramos quiénes somos nos resultará imposible honrar a los demás. El primer paso para lograr dicho propósito es abandonar la idea de que necesitas al otro para sentirte completa. “A medida que llenes tus reservas interiores con el amor, la paz y la generosidad que deseas profundamente —señalan Ruiz y Amara—, comprobarás que todas tus relaciones experimentan un cambio. Ya no tratas de obtener la aprobación de los demás ni sientes la falta de lo que necesitas.”

Tras lo anterior, te encontrarás lista para empezar a pensar en el tipo de compromisos que estas dispuesta a contraer con otras personas. A manera de ejemplo: me comprometo a crecer como persona; a mostrarme libre de prejuicios; a hacer las cosas lo mejor posible; a ser más cálida y afectuosa; a ayudar a los demás a convertirse en individuos mejores.

Uno de los secretos para lograr relaciones sanas y felices es la concienciación. Jon Kabat-Zinn, un estudioso del ‘mindfulness’, describe la consciencia como “una vasija que contiene nuestro pensamiento” y que nos faculta a ver y reconocer nuestros pensamientos como tales en vez de confundirlos con la realidad. Gracias a la concienciación somos capaces de observar lo que sucede a nuestro alrededor y, a la vez, la manera en que reaccionamos ante ello. Al sintonizarnos en dicha frecuencia, dejaremos de tratar de complacer a los demás o de cambiar para convertimos en lo que creemos que ellos desean.

¿A qué tipos de relaciones me refiero? En el compendio “The Cambridge handbook of personal relationships” se  identifican cuatro tipos de relaciones humanas. A todas ellas se aplican los preceptos espirituales antes descritos. Las relaciones pueden ser personales o sociales y establecidas de manera institucional o voluntaria. El Tipo 1 corresponde a las relaciones personales voluntarias, entre las que se encuentran las relaciones de pareja, las amistades y los hijos por adopción. El Tipo 2 está conformado por las relaciones personales establecidas institucionalmente, como lo son las de padre/madre-hijos, entre hermanos y abuelos-nietos. El Tipo 3 son las relaciones sociales voluntarias, entre las que se encuentra el círculo de conocidos y las amistades circunstanciales. El Tipo 4 está constituido por las relaciones sociales establecidas institucionalmente, como lo son aquellas con parientes lejanos y las relaciones de trabajo.

Con respecto a estas últimas, las relaciones de trabajo difieren de las demás en varios sentidos. De acuerdo con la “Enciclopedia de Relaciones Humanas”, estas se encuentran inevitablemente asociadas a roles específicos (por ejemplo, jefe-subordinados) y a conductas prestablecidas (seguir órdenes). Si bien en muchas organizaciones se privilegia el trabajo colaborativo, en otras los empleados compiten entre sí para obtener privilegios, ya sea ganarse un bono extrasalarial u obtener el favor de los superiores. Dicha situación daña inevitablemente la calidad de las relaciones y es causa de envidias y conflictos, por los que seguramente hemos pasado en algún momento de la vida.

EL ÁMBITO DE LA COMUNICACIÓN INTERPERSONAL

Vistas desde un ángulo distinto, las relaciones sociales forman parte del fenómeno de la comunicación interpersonal, como se da llamar a la interacción construida entre dos o varios individuos. En “The interpersonal communication book”, Joseph DeVito establece que la comunicación interpersonal no solo tiene lugar dentro de una relación, sino que también la impacta e incluso la define. “Si interactúas con alguien de  manera amistosa —señala el autor—, es probable que desarrolles una relación de amistad con dicha persona y si acostumbras a intercambiar mensajes negativos, es altamente posible que la relación resultante sea de naturaleza antagónica”.

Los obstáculos que se pueden presentar en la comunicación interpersonal son conocidos como ‘transgresiones relacionales’. Entre ellas se encuentran la falta de compromiso hacia los demás, la distancia psicológica producida cuando ignoramos al otro, la falta de respeto a la dignidad del prójimo y la agresión verbal manifestada a través de insultos y amenazas.

Entre las barreras que obstaculizan la comunicación interpersonal se encuentran los estereotipos (catalogar a los demás en función del grupo al que pertenecen), la sobregeneralización (“siempre me llevas la contra”), enfocarse en lo negativo (cuando al recibir varios halagos y una crítica, no perdono la crítica) y culpar a los demás si las cosas salen mal.

¿Cuestión de pérdidas y ganancias? La teoría del intercambio social plantea que en una relación interpersonal buscamos maximizar las “ganancias” y reducir en lo posible las “pérdidas”, entendiendo por ganancias las recompensas que obtenemos de formar parte de una relación (aceptación, comprensión, reconocimiento, respeto mutuo) y por pérdidas los “costos” que la relación acarrea (desgaste emocional, conflictos, codependencia). Por ejemplo, tenderemos a permanecer en una relación plena de comprensión y satisfacciones y a abandonar la caracterizada por la agresión verbal y la desacreditación continua.

Me manifiesto tal como soy. Un indicadores confiable de una relación interpersonal sólida es la auto-apertura (en inglés, “self-disclosure”), entendida como la revelación de información sincera y significativa sobre uno mismo, en el contexto de una relación. Digamos que si en una relación de amistad me atrevo a hablar con el otro de mis complejos e inseguridades personales sabiendo que no seré objeto de burla o escarnio, me sentiré escuchado y comprendido. Y si él o ella se siente en confianza de hacer lo mismo conmigo, es probable que dicha relación se sostenga al paso del tiempo.

En su libro “Comunicación interpersonal: Inicio, mantenimiento y desintegración de relaciones” (2016), mi dilecta amiga María Eugenia González Alafita, doctora en comunicación y profesora emérita del Tecnológico de Monterrey, explica de esta manera el proceso de auto-apertura:

“La auto-apertura tiene un rango muy amplio, ya que incluye información relacionada con nuestros sentimientos, la forma en que vemos el mundo, nuestros sueños y aspiraciones, nuestros temores, miedos, ansiedades; nuestra forma de pensar, emociones, etc. En ese proceso de auto-apertura puedes hablar de asuntos mundanos o de cuestiones muy personales, como tu gusto por la música clásica, hasta arriesgarte a platicar sobre algún hecho de tu infancia que te marcó para siempre”.

Uno de los propósitos de la auto-apertura es gozar de la autoestima necesaria para expresarme de manera asertiva ante mis semejantes. Elaina Zuker incluye los atributos siguientes en su Declaración de los Derechos de las Personas Asertivas: mi derecho a ser tratada con respeto, a expresar mis opiniones y sentimientos personales, a ser escuchada y tomada con seriedad, a establecer mis propias prioridades, a decir no sin sentirme culpable, a pedir lo que deseo, a obtener aquello por lo que pagué, a cometer errores, y a hacerme valer aunque esto no sea del agrado de otros.

Para concluir, comparto el testimonio de Belén Blanco, responsable de una red de colegios marianistas en España, recopilado por el Instituto Relacional, constituido por un grupo de consultores y consultoras con sede en Barcelona:

“La educación es, en esencia, relación. Vínculo entre los seres humanos con el fin de comprender el mundo y aprender a convivir con los demás. Es un acto relacional en el que un alma con otra alma se convierte en la mejor fórmula pedagógica para llegar a ser lo que cada uno está llamado a ser en esta vida. La relación es, a la vez, comunidad, y todas las relaciones  que se establecen entre las personas que forman parte de esa comunidad, unidas por la tarea común de educar a los niños.”.

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