Tepito

Tepito existe porque Resiste.

Tercera parte de la historia de Tepito.

Sigue la mata dando, hoy con la historia de Minerva Valenzuela.

Cada uno de nuestros personajes integran el barrio con mucha dignidad, pero ante todo con mucha historia barrial. Como Minerva, quien nos relatará cómo era el barrio, su infancia y las tradiciones. Una “cabrona”, madre soltera, maestra rural con 35 años de vocación y servicio hacia sus niños. Su motor son su hija y su familia. Pilar de una familia a la cual le encanta inculcarle tradiciones valores y amor.

Minerva es una mujer solidaria, empática y sensible de quien he aprendido que llorar no es debilidad, sino al contrario limpia y purifica el alma.

Va con cariño para una maestra cabrona que ha apoyado a sectores muy vulnerables, para una mujer con un gran corazón para ser madre, tía, abuela, vecina, servidora pública, amiga, madrina, pero sobre todo un gran ser humano en el cual se puede confiar.

El abecedario de los derechos humanos

Personalmente no me gusta ser Teresa de Calcuta, prefiero enseñar a las personas para que se defiendan: no necesitan tanto las instancias, sino un proceso de organización y justicia en el que se hagan valer sus derechos y es algo que uno mismo puede hacer. Me parece que esa es la dinámica del barrio y mi rol, ayudar a conocer el A, B, C y D de los derechos humanos; el E, F y G lo tiene que hacer cada uno. Eso fue lo que aprendí en 2008, después que detuvieron a la persona que atentó contra mi vida. Mi sed de justicia me hizo más fuerte. Aprendí de los procesos de solidaridad y fraternidad.

A lo mejor la gente no entiende cómo va a sobrevivir, pero va a intentar entender cómo el Estado debe garantizar estos derechos. La gente aquí no te va a hablar de derechos, lamentablemente, hasta que no sean tocados. Esa es la experiencia que tengo: la gente no conoce ni de ley ni de cultura hasta que no se les toque.

Eso, en efecto, nos lo han dado, pero también se nos olvida. Algo prioritario es hacer comunidad porque al mismo tiempo generas la apropiación del espacio. No se trata de solamente hacer la talacha y que te comenten lo bonito que quedó un lugar remodelado. Lo que hicimos con el mural de Las siete cabronas fue que, tras tres días de pintarlo entre nosotras, vinieron personas de las series Crónica de Castas e Ingobernable y ha salido en muchas series, también hay bandas que han tocado ahí. En ese aspecto, la gente se apropia de los espacios y los defiende porque les gusta, los hacen suyos y los promueven. El muro ya se está cayendo, lo hemos repintado tres veces, los niños no han dejado que pongan propaganda de cualquier partido político, porque es “su muro”. Así que cuando alguien quería poner algo encima, inmediatamente los niños salían a impedirlo. Eso aplica en la limpieza de los espacios, las personas deciden mantenerlos aseados porque es algo que les pertenece.

Hay muchos procesos en los que vas creando identidad, y eso se desprende de los valores que te ha inculcado tu familia. En el barrio hemos tenido los casos más preocupantes y nos hemos chutado el A, B y C de los derechos humanos. Por ejemplo, cuando unos jóvenes no aparecían, incluida una chica de la autodefensa.

Hay personas que nos han pedido asesoría en los reclusorios, pero ese no es mi tema, mi verdadero tema es la lucha por la defensa de los derechos humanos. No obstante, intento ayudar asesorando con aquellos papeles con los que deben acudir, cómo vestirse para ese tipo de lugares y ocasiones, etcétera.

Ahora que mi trabajo involucra aplicar la ley cívica, me doy cuenta de que la gente no piensa que algunas de sus acciones son delitos. Parte de mi identidad es ser muy idealista, creo que se pueden cambiar muchas cosas. En ocasiones lo que se requiere es visibilidad. El barrio la tiene, pero en lo que respecta a la violencia, cuando son golpes o desalojos. No se ve aquello que hemos hecho en beneficio de nuestro barrio, como el Safari Tepito, Box organizado, o la llegada de los dreamers. En ese sentido, estamos cargando la cruz de la estigmatización. Considero que, para eliminar la estigmatización y la criminalización, lo principal es que la gente conozca el barrio, para eso hicimos el Tepitour. Eso se hacía en las favelas de Brasil: se contrataba a personas que presentaran parte de la historia social sobre la que se construye comunidad. Decía mi Reina del Albur: “Pues ya limpiamos las primeras dos letras de Tepito, lo demás siempre estará sucio”. Ella era una mujer hermosa, guerrera, pilar de familia, con mucho dinero.  Ella decía: “Los albures son un proceso matemático y si se los enseñaran a los niños en primero, segundo y tercero de primaria, estarían en el pedo”. Yo no entendía los albures, ni las connotaciones sexuales. Cuando platicaba con ella me albureaba cinco mil veces y yo ni me daba cuenta; no eran cosas que ella se sacara de la manga, sino que explicaba cómo es que se construye. Yo llegué a conocer a la mujer humana, que se levantaba temprano a trabajar, la que fue pilar de familia. Ella cuidaba y proveía a todos sus sobrinos.

Barrio emblemático de la Cuauhtémoc

La razón por la que mi trabajo siempre ha sido más comunitario es debido a que busco que la gente tenga una vida digna y justa; para mí eso es representar al barrio. Ahora represento 33 colonias bajo la misma perspectiva. En la colonia, hemos tenido muchos cómplices y aliados, gente en la procuraduría y en gobernación que nos han ayudado a impulsar los murales, como el de Las siete cabronas, eso nos ayudó para las actividades de prevención del delito. Hemos hecho posadas y vinieron los dreamers, o sea, hay mucho trabajo para generar identidad y pertenencia que podemos reivindicar.

Pero lo más importante es que como funcionaria pública llegué con el Alcalde Néstor Núñez, una persona muy humana que nos ayuda a impulsar actividades, por ejemplo, para que los vecinos conozcan los programas sociales. Sobre mi trabajo puedo decir que es una explosión todos los días. Es la alcaldía más grande en el centro de la ciudad y ahí dentro está Tepito, le duela a quien le duela. ¿Quién no muere por conocer uno de los barrios emblemáticos?

Educación y tradiciones barriales de Minerva

Desde hace tres años soy jubilada. Trabajé 33 años en el Estado de México como educadora; de esos años, diez fui docente y, los otros, directora de una escuela en Ecatepec, en una zona marginada. Trabajé tres años en San Martín de las Pirámides, en una comunidad donde el maestro todavía era reconocido como alguien muy importante. Por eso aguanté durante ese tiempo el viaje todos los días; el cansancio y lo económico fueron las razones por las cuales cambié de trabajo a Ecatepec.

Estoy muy orgullosa de lo que soy, desde niña quería ser educadora por la admiración que le tuve a una maestra muy buena. Viví cosas únicas en las zonas rurales. Por ejemplo, nunca había comido flor de calabaza y lo hice por primera vez cuando una señora del lugar me ofreció unas quesadillas. Me encantaron. En otra ocasión, uno de los niños a los que les enseñaba me regaló una gallina que describió como ponedora. Estaba muy sorprendida y no supe cómo reaccionar. Una señora se ofreció a cuidármela. Un niño de cuatro años sabía perfectamente las características de la gallina que me estaba regalando. Se suponía que yo iba a enseñar, pero ellos también me enseñaron y mucho. También aprendí a cultivar las tunas, los niños me explicaban: —Tienes que poner tus dedos donde no hay espinas y dar la vuelta para que le dé el aire, ahora tírala al suelo y pégale para que se le quiten las espinas y la vas a abrir con tus dos uñas—.

Desconocía cómo se cultivaban los frijoles y un día me enseñaron la planta y me mostraron cómo ponerlos en el techo para que se secaran. Algo curioso es que no sabía que en las fiestas se comiera tanto. Había cosas que yo no me imaginaba, lo disfruté y aprendí mucho. Al ser un entorno rural, los fines de semana llegaban los jóvenes que trabajaban en la ciudad y nos reuníamos todos. En retrospectiva, lloraría mi primer día de trabajo porque me dio sentimiento tener que ir tan lejos. Tenía 19 años. Debía tomar un camión en Indios Verdes y ese me dejaba en San Miguel de las Pirámides; de ahí, me subía a un taxi porque no había camiones.

Tres años así, pero aprendí tanto, la gente muy amable y noble. No lo cambiaría por nada. Luego, en Ecatepec, conocí gente de Hidalgo y Veracruz. A veces me regalaban ropa o juguetes para llevarme; todo el tiempo que fui para allá estuve cargando cosas para darles a los niños. Muchas veces llevé juguetes caros y los niños elegían los más sencillos.

Tradiciones y transformación barrial

Desde que me jubilé, paso más tiempo en mi barrio y soy feliz. Aquí he vivido toda mi vida. Sólo me tuve que ir cuando se realizó la renovación habitacional tras el terremoto de 1985. Nos fuimos casi un año, a pesar de que me fui cerca del trabajo añoraba mi barrio: mi panadería o mi tortillería, porque aquí todo lo encontraba a la mano. Al regresar fui la mujer más feliz. En el momento en el que llegaba al Eje Central pensaba: “Ya estoy en mis terruños”. No me da miedo porque aquí es donde crecí.

Viví una infancia muy feliz. Soy la más chica de cuatro hermanos. Al fallecer mis padres, tomé la batuta de mi casa, no obstante ser la menor soy la más propositiva. Intento apoyar a todos mis hermanos en lo que pueda. Soy la que guarda las costumbres y tradiciones, pues las considero un regalo de mi mamá. Ella era muy arraigada a las ofrendas, a rezar el novenario y el rosario. Al hacer posadas, decía: —No hay posada si no cantamos la letanía—. Desde ese momento y hasta la actualidad los niños están acostumbrados a hacerlas así. Cargar los peregrinos es toda una tradición para nuestra familia. Los niños se emocionan y piden hacerlo todos los años. Antes todos los vecinos sacaban al niño y pasaban con sus charolas para recolectar dulces, pero ya no arrullamos al niño. Después, un vecino sacaba un aparato para escuchar música y nos poníamos a bailar. Salía con mis hermanos al patio y disfrutaba de las fiestas, hacía partícipe a la gente y trataba de unirla. Las costumbres estaban más arraigadas y el 15 de septiembre todos ponían sus banderas, no como ahora.

En términos de unión vecinal, si alguien llega a estar enfermo, presto servicio. Así somos los vecinos que quedamos en estos tiempos, si acaso, quedarán diez, son los originales, que ahora son abuelos. Esta era una vecindad de 37 departamentos, actualmente son 48 en seis edificios.

Anteriormente los departamentos estaban divididos en dos partes y los techos eran muy altos; algunos teníamos tapancos que era una división con escalera y ahí estaban los cuartos. En la planta baja, los espacios eran muy grandes: tenían sala, comedor, vitrinas grandes y consolas. Todos los vecinos éramos como una familia. Ahora hay muchos vecinos nuevos que llegan a su casa y no nos hablamos. Por lo menos, los de antaño si nos vemos, nos saludamos. No obstante, de los 48 que estamos, si alguien sufre, ahí estamos todos para ayudar.

No soy tanto de decir “soy orgullosamente de Tepito”, pero agradezco a la comunidad que tengo seguridad y no me ha pasado nada. También estoy orgullosa de mi hija que es educadora y tiene valores. Cuántas chicas hay que tienen 15 años y se drogan o están embarazadas. Gracias a Dios los valores que me transmitieron mis padres intenté transmitírselos a mi hija y a mis sobrinos. Para mí todos son mi familia y yo desearía que la niñez de ahora fuera como la de antes. Mi mamá no me dejaba salir porque era la más chiquita. Recuerdo que me salía al parque y jugaba. Cuando oía que mi mamá venía, corría a casa de mi abuelita y me ponía en la mecedora. Llegaba mi mamá y me veía sudorosa, asumía que era por estarme meciendo. Me acuerdo de mis amigos, nunca busca pleitos. Jugábamos lo tradicional: bote pateado, avión, ula-ula. Siempre jugué a las muñecas y, si tenía dinero, iba a la papelería El Pinocho y compraba cuadernitos para mis muñecas, para que hicieran su tarea (aunque obviamente yo la hacía). Recuerdo que para Día de Reyes teníamos juguetes, porque las posibilidades de mi papá eran mejores. Él vendía pescado en La Viga y a mí me tocó mayor solvencia económica. Tuve juguetes, fui la consentida por ser la más pequeña y también predilecta de mi abuela paterna. Ahorita recordarlo me da gusto. Yo me iba con mi abuela a La Merced a comprar dulces y me dejaba comer los que quisiera; no eran como los de ahora, sino típicos.

En mi juventud me iba a Ecatepec a trabajar y llegaba cansada. En ocasiones, cuando veía a mis amigos íbamos a la disco, pero siempre sanamente. Si yo he tomado alcohol tres veces en mi vida es mucho porque no estábamos acostumbrados. Fue una adolescencia tranquila, no supe de drogas ni de motos. Mi pasatiempo siempre fue la danza regional. Mi madre me llevaba al Mercado Abelardo Rodríguez donde está el Teatro del Pueblo o al Tepeyac del Seguro Social a ver espectáculos de danza. Tomaba clases de danza dos veces a la semana en Pedro Moreno, cerca de la alcaldía.

Ahora hay muchas actividades en los centros comunitarios y parques. La colonia ha cambiado mucho: nuestras calles son más angostas y la gente se estaciona por todos lados. No me gusta salir y ver tanta basura tirada, de hecho, me molesta que la gente sea tan sucia y que no le interese cuidar el lugar donde vivimos. La inseguridad también es un tema, porque las motos y las bicicletas van en doble sentido. Aunque no me ha tocado ningún incidente, siento que por las noches es más inseguro. Antes podíamos andar en la calle, era más tranquilo. Los jóvenes han perdido el respeto por todo mundo, ya no tienen tan arraigados los valores. Considero que hay muchos puestos y estorbos visuales en las calles. Hablando del sentido de las vías, recuerdo cuando pasaba el tranvía por la calle Nuno hasta Lucas Alamán y de regreso venía por Libertad, hasta Jesús Carranza, pasaba por la Calzada de Guadalupe también. Iba hasta La Villa, luego daba vuelta y de regreso entraba en Jaime Nuno. Si caminas por ahí todavía se ven las vías.

Valores familiares y apoyo vecinal

Los momentos en los que he visto más unidos a los vecinos fue en los temblores. El último que tuvimos por la mañana, desalojaron a todos de su casa y nos cuidamos entre los que estábamos. En los momentos difíciles es cuando se ve a todos los vecinos. Si fallece alguien, ahí estamos todos. Cuando fue el terremoto del 85, nuestros familiares que viven en el extranjero se preocuparon mucho por nosotros. Esta unidad no se cayó, pero la expropiaron y tuvimos que irnos a pesar de que no pasó nada. En aquel entonces, pocos vecinos eran profesionistas. En la actualidad, hay muchos que estudian hasta la preparatoria, siguen siendo pocos los que pasan a la universidad. Son más los comerciantes y mecánicos. En el caso de mi familia no sé cómo es que se dio que las mujeres fueran las profesionistas. Ninguno de los tres hombres estudió. Uno de ellos era abanderado de escolta en la secundaria y en el CCH no sé qué le pasó. De las mujeres, varias son trabajadoras sociales, otra es pedagoga y mi hija es educadora como yo.

Mi mamá era la hija mayor, tenía un carácter fuerte, a los 17 años le dio una enfermedad a mi abuelita que no le permitía tocar a su hija más pequeña, por lo que mi mamá la cuidó, así como a sus hermanos. Mi mamá fue la única de todas sus hermanas que estudió en el Colegio las Vizcaínas, con medallas de honor, tenía bandas por ser muy buena estudiante. Estudió hasta primero y segundo de secundaria, lo que equivale ahora hasta la preparatoria. Si veía un papel o le daban un cucurucho de periódico llegaba, lo estiraba y se ponía a leer y leer. Yo me pregunto, ¿Cómo es que una mamá tan lectora, no hizo hijos tan lectores como ella? Aunque dos de mis hermanos sí leían mucho.

Ella era de las que se sabía todas las capitales del mundo. Cuando se dividió la Unión Soviética fue a la papelería a comprar monografías para poder aprenderse la información de los nuevos países y sus capitales. Hacía letra manuscrita y se metió a un curso para hacer la letra de imprenta. Sabía los cumpleaños y la edad de todos. Ya después, cuando la memoria le empezó a fallar, los anotaba en una libretita. Muchos extrañamos esa tradición que tenía de llamar y celebrar nuestros cumpleaños. En Navidad venían todos sus hermanos a cenar. Mi papá trabajaba en una pescadería y les traía un pescado grande para hacer ceviche. Nos hizo muy muéganos. La familia era de Pachuca, Hidalgo y nos decían que no había posada sin letanía. Las posadas son una de las tradiciones que seguimos haciendo. Salimos con los peregrinos y las velitas, luego cantamos algunas canciones. Ya después rompemos piñatas y al final damos una bolsa con fruta. Actualmente, una señora adorna el 11 de diciembre para festejar el Día de la Virgen, a medianoche, le cantamos y rezamos. Otra tradición es que le rezamos a los difuntos y sacamos pan y café. Como familia tenemos tradiciones propias, como la rosca de Reyes o Navidad. En año nuevo mi regalo es hacer la cena para todos. Yo no les pido dinero ni nada. Año con año intento hacer juegos: tocar campanas un año, en otros globos o confeti.

Tampoco dejo que pasen desapercibidos los cumpleaños, por lo menos hago el pastelito, canto y hago porra. En noviembre comemos pan de muerto con chocolate. También celebramos el Día de las Madres; el Día del Padre, mi hija y yo nos llevamos a los padres para festejarlos; el 15 de septiembre, mi hermana nos cocina pozole. Hay muchas tradiciones heredadas de mi mamá, por ejemplo, le gustaba celebrar el jueves de Corpus y nos vestía de inditos.

Todo se encuentra en Tepito

Antes teníamos los cafés de chinos, uno de cada lado, estaba una panadería y una tintorería, los Baños Sol y grandes locales que ya no están. La papelería El Pinocho ya no existe y aunque hay una nueva sentimos que no es lo mismo. Tampoco El Jorullo. El único establecimiento que queda es El Correo Español, han cambiado de dueños y de giro.

Yo compro la mayoría de las cosas en el mercado de verduras de La Lagunilla. Lo que más me gusta de la colonia es que todo lo encuentro; si quiero tortillas a las diez de la noche, hay, y hasta las 11:30 p.m. sigue abierta la tienda. En las noches aquí parece de día porque hay muchos puestos.

He vivido momentos muy importantes en esta colonia y uno de ellos fue la pérdida de mi sobrino. Triste por la pérdida, pero fue bonito porque vimos la solidaridad de todo el predio. A pesar de que era un niño de diez años, no hubo un momento en el que estuviera solo: amigos, vecinos, familiares y niños que lo querían lo visitaron. Siento que ha sido uno de los momentos más difíciles, pero más emotivos. Desde que el niño llegó aquí nos unió como familia, desde que empezó a estar enfermo hasta el último día de su vida. Le pedimos a la gente que viniera de blanco y le hicimos un pastel por su cumpleaños.

Peregrinaje del 12 de diciembre

Le damos de comer a los peregrinos el 11 de diciembre. Salimos como a las 11 de la noche, ya vienen cansados, a veces nos tardamos más en cargar que en lo que entregamos todo. Son muchas familias, puesto tras puesto, que regalan comida. Había un narco que ponía a todos sus trabajadores a repartir su tamal y atole. Esa es la manera en la que lavaba sus culpas. O sea, el narco también hace base social y, por ello, también la gente los cubre, en parte porque otorga protección dentro del marco de su poder. En el barrio nos conocemos, sabemos quiénes somos y qué hacemos. Por eso yo voy por la derecha y si tú quieres, por la izquierda. Así son nuestros caminos, se cruzan; tú sabes que cuando me necesites ahí estaré. Yo no creo llegar a necesitarlos. Es más fácil que vengan a buscarme porque yo no doy dinero, no hago base social con dinero. Yo en lo mío y tú en lo tuyo.

Así son las historias que se entrelazan en cada punto de Tepito, para saber de qué estamos hechos…

Mayra Claudia Valenzuela Rosas

Defensora de Derechos Humanos

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