Solos en medio del bullicio

                                                                                                   

Solos en medio del bullicio

POR RAÚL ERNESTO GONZÁLEZ PINTO

“Cuando estás rodeado de numerosas personas, puedes sentirte más solitario que si te encontraras a solas. Podrás formar parte de una multitud, pero si sientes que no puedes confiar en nadie, ni hablar con nadie, entonces es como si estuvieras sola.”

Fionna Apple, cantante y compositora

“¿Qué deberían de hacer los jóvenes con sus vidas hoy en día? Muchas cosas, obviamente, pero lo realmente audaz sería crear comunidades estables, en las que la enfermedad de la soledad pudiese ser curada.”

Kurt Vonnegut, escritor

“Llamémosle clan, red de apoyo, tribu o familia. Quienquiera que seas, necesitas formar parte de una. Y la necesitas sencillamente porque eres humano”.

Jane Howard, autora del libro Families

La soledad es pasajera, como solía cantar José José en sus años mozos. El problema es que cuando esta se nos aparece no resulta ya tan pasajera y hacemos lo imposible por sentirnos conectados de nuevo. Sherry Turkle, quien lleva 30 años estudiando la comunicación humano-tecnológica, aborda semejante paradoja en uno de sus libros: “En la actualidad, cuando vemos a la gente esperando el cambio de semáforo o haciendo cola en el supermercado, parecieran entrar en pánico, pues echan mano de sus teléfonos. Estamos tan acostumbrados a estar siempre tan conectados, que damos por hecho que estar solos es un problema que la tecnología debería resolver”.

Turkle, quien es profesora del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), afirma que, si realmente nos sintiéramos cómodos con nosotros mismos, no sentiríamos la urgente necesidad de sentirnos conectados a como diera lugar. ¿Por qué, entonces, nos empeñamos en huir de nosotros mismos? La razón es simple: odiamos sentirnos solos.

JUNTOS PERO SEPARADOS

En “Alone together” (Conectados pero solos), Turkle pone el dedo en la llaga al señalar que, si nos sentimos conectados por obra y gracia de los celulares y otros adminículos, se trata en realidad de un autoengaño pues, por más que saturemos nuestra rutina con mensajitos salpicados de caritas y “stickers”, las relaciones con aquellos con quienes nos relacionamos en el mundo digital nunca igualarán la cercanía emocional de una conversación personal ni la plenitud de un cálido apapacho.

Entrevistada recientemente por “El Diario de Sevilla”, Turkle declaró: “Aunque pensemos que estamos conectados a través de internet, la relación que se establece entre nosotros no es igual a la que mantendríamos en persona. Preferimos mandar mensajes o emails a nuestros amigos, familiares o compañeros de trabajo en lugar de conversar con ellos cara a cara. Esta actitud nos aleja a unos de otros, desvía nuestra atención y nos vuelve menos empáticos”.

En lo personal, recuerdo cuando resultaba de lo más normal reunirme con mis amistades cercanas en un Vips o en un Sanborns. Cuando se empezó a popularizar el WhatsApp, los mensajes tecleados o grabados empezaron a sustituir las conversaciones de café. De pronto, insistir en reunirnos en persona empezó a sonar como una necedad. Fue también la época en la que surgieron las amistades virtuales. Turkle profundiza sobre el particular: “Nos hemos acostumbrado tanto a los mensajes digitales que la conversación cara a cara nos resulta cada vez más difícil. Es mucho más cómodo comunicarse con alguien al otro lado del mundo que hablar con tu vecino, porque la conversación con tu vecino ocurre en tiempo real y es mucho más exigente.”

Aun si nos reunimos en persona, a menudo sacamos el celular en medio de la conversación con el menor pretexto. Al hacerlo, es como si le pusiéramos pausa a la persona tenemos enfrente, a quien le damos a entender que hay cosas más importantes, divertidas o interesantes que ella. No es pues de extrañar que esta se sienta menospreciada o ninguneada. Si dicha situación se presenta con la pareja, sobra decir que las consecuencias podrían resultar nefastas.

¿Qué tan antisociales son las redes sociales? Si las redes sociales son un indicador de qué tan bien nos llevamos, es claro que estas difícilmente saldrán bien libradas. Noreena Hertz, lo confirma así en “El siglo de la soledad”, un libro de reciente aparición. De acuerdo con sus estimaciones, los intercambios cibernéticos “sacan lo peor de nosotros mismos, haciéndonos cada vez más irascibles y tribales, más maniáticos de los ‘likes’, los ‘retuits’ y los ‘follows’, circunstancias que menoscaban nuestra capacidad para la empatía y la comunicación”. Esto lo confirman Juan Antonio Marín y João Figueira, de la Universidad de Coimbra, quienes puntualizan que las conversaciones en las redes sociales “parecen estar caracterizadas por el fortalecimiento de los mensajes hostiles contra los adversarios ideológicos y el incremento en las posiciones polarizadas”.

LO CIERTO ES QUE CADA VEZ CONVIVIMOS MENOS

Sin embargo, las redes sociales son solo una pieza más del rompecabezas, ya que las causas de la desconexión emocional son diversas y numerosas. “Hoy en día hacemos cada vez menos cosas juntos, al menos en lo que se refiere a las formas tradicionales de convivencia”, elabora Hertz al respecto. A manera de ejemplo, cada vez menos personas acuden a misa o conviven en grupo. Inclusive el contacto físico y las relaciones sexuales han disminuido, pues la gente prefiere quedarse en casa a ver sus series o películas favoritas vía ‘streaming’. Si bien la pandemia agudizó dicha problemática, lo cierto es que el tejido social se había venido deteriorando desde tiempo atrás.

Ya no nos sentamos juntos a la mesa. “Compartir la mesa, el pan y la sal” era una frase descriptiva del orgullo que sentíamos los mexicanos cuando abríamos las puertas de nuestra casa y de nuestro corazón a familiares y “gorrones” por igual. Si bien lo seguimos haciendo en ocasiones especiales, nuestro ajetreado ritmo de vida ha obligado a que cada quien coma por su lado y de manera apresurada.

En un ensayo publicado en la revista “The Atlantic”, Louise Fresco, experta en temas alimentarios, se refiere con nostalgia a las ocasiones en las que, al grito de mamá de “¡Véngase a comer!”, la palomilla se congregaba gustosa a la mesa. Tristemente, tan noble tradición ha quedado en el recuerdo. “La mesa ha dejado de ser el centro de la vida familiar – escribía Fresco hace algunos años –, pues ahora comemos frente a la computadora, estando de pie en la cocina, en el sillón viendo la televisión, en el automóvil, o incluso caminando en la calle… ¿de qué sirve la mesa si podemos devorarnos una comida rápida, calentada en el micro, y colocada sobre el regazo?”

Una crisis de soledad mundial. Para Hertz, la soledad – omnipresente y generalizada – se ha convertido en la condición definitoria del siglo XXI. “Los habitantes de todo el planeta se sienten solos, desconectados y maltratados; nos encontramos en pleno centro de una crisis de soledad mundial”, se lamenta, y nos urge a restaurar la conexión social en nuestras vidas. Asimismo, nos lleva a la reflexión con varias preguntas: “¿Cuándo fue la última vez que te sentiste desvinculado de quienes te rodean, trátese de tus vecinos, familiares, amigos o conciudadanos?, ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste abandonado o ninguneado por los políticos a quienes diste tu voto o que tuviste la impresión de que a ningún funcionario público le importaban lo mínimo tus problemas?, ¿y cuándo fue la última vez que te sentiste impotente o invisible en tu lugar de trabajo?”

Para sustentar sus argumentos, Hertz se apoya en reveladoras cifras. Previo a la pandemia del coronavirus, tres de cada cinco adultos estadounidenses reportaban sentirse solos; en Alemania, dos terceras partes consideraban la soledad como un problema grave, y casi un tercio de los holandeses reconocía sentirse solo. En cuanto a los adultos mayores, el 60% de los internados en casas hogar en los Estados Unidos revelaron que casi nunca recibían visitas.

En lo referente a México, procedí a indagar por mi cuenta y me encontré con un estudio realizado en 2017 por Christian Acosta Quiroz y otros investigadores del Instituto Tecnológico de Sonora, quienes encuestaron a 489 adultos mayores para conocer su nivel de aislamiento social. Como resultado, detectaron rasgos depresivos en la totalidad de los participantes, en su mayor parte derivada de las vivencias propias de la vejez y de una sensación generalizada de soledad, haciendo evidente la necesidad de reforzar las redes de apoyo social de las personas longevas para combatir su percepción de aislamiento y para generar más solidaridad y empatía por parte de sus familiares cercanos.  

Otro de los grupos vulnerables en la postpandemia es el de millennials. De acuerdo con Hertz, uno de cada cinco de estos en los Estados Unidos reporta no tener amigos, mientras que en el Reino Unido tres de cada cinco jóvenes entre los 18 y los 34 años aseguran sentirse solos de manera ocasional o frecuente. Más cercano a nuestra realidad, un estudio realizado por Mayra Pérez y Angélica Quiroga, investigadoras de la Universidad de Monterrey, reveló que el uso compulsivo de las redes sociales ha incrementado la sensación de soledad de los jóvenes mexicanos. Relaciono este hallazgo con uno de los planteamientos de Turkle: “Cuanto más tiempo pasamos conectados, más fácil es que nos sintamos solos, porque no hemos aprendido a convivir con nuestra soledad”.

También en el lugar de trabajo nos sentimos aislados. En lo referente a la soledad en el lugar de trabajo, el 40% de los oficinistas a nivel mundial afirman sentirse solos en el espacio laboral, mientras que en China el porcentaje asciende al 50% y en el Reino Unido al 60. Una vez más, Sherry Turkle nos ayuda a entender este fenómeno: “Desgraciadamente, trabajar en una oficina hoy en día no implica el mismo grado de interacción y conversación con nuestros compañeros y jefes que antes. Nos ponemos audífonos y nos mandamos mensajes por internet, aunque estemos a unos metros de distancia. Cada vez estamos más aislados, incluso en el mismo espacio.”  

Y para muestra basta un botón: una amiga que forma parte de una importante empresa del sector agrícola, me confiaba recientemente que había acudido a la oficina de un compañero para hacerle una pregunta relacionada con el trabajo. Su colega, que en esos momentos se encontraba viendo su serie favorita de Netflix, le hizo ver que tendría que mandarle un wasap si quería que le respondiera. Dicho lo anterior, se colocó de nuevo los audífonos y continuó pegado a la pantalla. Ante mi extrañeza, mi amiga me hizo ver que el jefe le permitía a este individuo hacer lo que le pegara en gana, porque le entregaba buenos resultados. “El compañero no tiene vida propia – me dijo –, se la pasa todo el día en la oficina”.

La soledad aumenta el riesgo de enfermedades. El estrés, originado por las presiones del entorno laboral, no es ajeno a la soledad ni a conductas antisociales como la antes descrita. Las investigaciones médicas revelan que los individuos solitarios presentan altos niveles de cortisol, conocido como la “hormona del estrés”, que en exceso debilita el sistema inmunitario. En un documento que forma parte de una campaña lanzada en Australia para prevenir y combatir la soledad, se informa que esta representa un serio daño a la salud, pues eleva en un 26% la posibilidad de muerte prematura. Esto se debe a que las personas solitarias son más susceptibles al cáncer mamario y colonorrectal, a los padecimientos cardiovasculares y a la apoplejía. Si deseas más información sobre la citada campaña, su sitio web es: https://endingloneliness.com.au/ Una campaña similar en el Reino Unido lleva por nombre “Campaign to end loneliness”. Puedes acceder a ella en: https://www.campaigntoendloneliness.org/

Theo Theobald, un consultor de negocios, enlista los comportamientos derivados del estrés, varios de ellos relacionados con la soledad: irritabilidad constante, falta de interés, pérdida del sentido de conexión con otros, dificultad para la toma de decisiones, sentir que no se puede confiar en nadie, sensación de fracaso, pérdida del sentido del humor, incapacidad de expresar los verdaderos sentimientos, miedo a sentirse solo, dificultad para concentrarse y miedo al futuro. Como tal, la soledad se asocia a la timidez, la depresión, el neuroticismo, el pesimismo y la baja autoestima.

A MIS SOLEDADES VOY, DE MIS SOLEDADES VENGO

En “El laberinto de la soledad”, Octavio Paz establece que la soledad es el reducto final de la condición humana y lo plantea de esta forma: “Estamos solos. La soledad, fondo de donde brota la angustia, empezó el día en que nos desprendimos del ámbito materno y caímos en un mundo extraño y hostil”. En consecuencia, nos vemos obligados a refugiamos en la soledad en busca de un espacio psicológicamente seguro. La novelista Jodi Picoult concuerda con lo anterior. “Te diré algo – escribe en uno de sus textos –, si te encuentras con un solitario, no es que él o ella disfrute de la soledad, sino que cada vez que trató de incorporase al mundo, la gente acabó decepcionándolo”. Por su parte, la también escritora Tahereh Mafi confiesa en voz de uno de sus personajes: “Todo lo que siempre quise fue tocar a otro ser humano, no solo con mis manos sino con mi corazón”.

El psiquiatra Luis Rojas Marcos, autor del libro “Convivir”, explica que el miedo a la soledad resulta comprensible, pues sentirnos solos equivale a sentirnos desamparados, tristes, culpables y desorientados. Para ejemplificar la sensación de abandono, presenta el testimonio de una persona que acudió a él en busca de ayuda:

“Estoy baja de ánimos. Trabajo y estudio porque quiero, pero me desespera no conseguir mis objetivos en la vida. Me encuentro muy sola y eso me aterra. No tengo amigos y cada vez se me hace más difícil conocer gente. A mi edad, 39 años, la inmensa mayoría tiene pareja, lo que hace más dificultosa la posibilidad de relacionarme. Al estar tan sola, no tengo con quien salir, con lo que me encierro más en mí misma. No sé si tengo algún síntoma de depresión, lo que sé es que lucho para no caer en ella. Estoy muy desorientada; no sé qué hacer, ni por qué padezco este insufrible aburrimiento”.

Nos refugiamos en las posesiones materiales. La soledad, definida como el sentimiento de angustia surgido cuando hallamos las relaciones sociales menos satisfactorias de lo que quisiéramos, se refleja en la sensación de vacío de la mujer del testimonio anterior. Convencidos de nuestro aislamiento, con frecuencia buscamos confort en las posesiones materiales, ilusoriamente convertidas en sucedáneo de la felicidad. En su libro “La fuerza de creer”, Wayne Dyer advierte del autoengaño: “A medida que acumulamos posesiones, nuestra mirada se concentra en dichas riquezas y en consecuencia se desvía de la calidad humana que nos une a todos”. Ante lo cual cabría preguntarnos: ¿de qué forma puedo llevar una vida llena de amor y armonía si me encuentro rodeado de personas sumidas en la soledad y en un equivocado camino hacia la acumulación de cosas?

CÓMO CONECTARNOS DE MANERA EFECTIVA CON LOS DEMÁS

¿Es factible vislumbrar una solución realista al desgarramiento de la soledad en un momento histórico tan fragmentado y egoísta como el nuestro? Noreena Hertz así lo considera y hace un llamado a mantenernos unidos a pesar de las circunstancias. Dicho esfuerzo supone un cambio de mentalidad, en el que pasemos de consumidores a ciudadanos y de observadores casuales a copartícipes activos de la transformación social. “El antídoto contra la soledad de este siglo es la ayuda mutua… si queremos mantenernos unidos en un mundo que se está desintegrando, no nos queda de otra”, argumenta.

Una forma dinámica de acabar con la soledad estriba en aprender a conectarnos de manera efectiva con los demás. Esto no significa multiplicar la cantidad de amistades sino fortalecer la calidad de nuestras relaciones. En su libro “Together: The healing power of human connection” (“Juntos: El poder sanador de la conexión humana”), el Dr. Vivek Murphy, quien actualmente ostenta el cargo de Cirujano General de los Estados Unidos, presenta las siguientes recomendaciones: “Requerimos de amigos cercanos con quienes podamos compartir lazos profundos de confianza y afecto mutuo. Asimismo, necesitamos hacernos de amistades no necesariamente cercanas y de relaciones sociales que nos puedan ofrecer conexión y apoyo. Nos beneficiaríamos también de pertenecer a comunidades con cuyos integrantes compartamos un sentido de propósito e identidad colectiva, trátese de vecinos, colegas, compañeros de clase o conocidos”.

En el libro “En defensa de la conversación”, Sherry Turkle nos recuerda que el diálogo cara a cara es una de las mejores maneras de experimentar intimidad y desarrollar un sentido de comunidad para recuperar los valores humanos más sagrados. Para tal fin, nos invita a emprender estas sencillas acciones: CREA ESPACIOS DE CONVERSACIÓN.  Puedes lograrlo siguiendo la regla de “no celulares” sobre la mesa; no texteando dentro del automóvil (empezando, desde luego, por el conductor), y designando en los espacios de trabajo zonas libres de teléfonos inteligentes. DIALOGA RESPETUOSAMENTE CON QUIENES NO COMPARTEN TUS PUNTOS DE VISTA para evitar que se convierta en un monólogo entre iguales.

Por su parte, Fernando Gálligo Estévez sugiere en su libro “Mejorando mis relaciones personales” estos valiosos remedios contra la soledad: A) NO TEMAS AL RECHAZO. Demos por hecho que ni todos nos gustan y ni a todos les caemos bien; esto es de lo más normal. B) EXPANDE TUS AFICIONES. Probar nuevas actividades te permitirá ampliar tus gustos e intereses y te posibilitará aprender cosas nuevas, manteniéndote abierto hacia el mundo. C) MANTÉN UNA ACTITUD POSITIVA, ya que esta te ayudará a disminuir el estrés y conseguir las metas que te propongas. D) CUIDA TUS RELACIONES. No olvides contactar a las amistades que has perdido de vista ni devolver las llamadas de quienes acuden en tu búsqueda; hazles ver que los extrañas y que los sigues considerando valiosos.

Para concluir, Brené Brown, una investigadora estadounidense dedicada al estudio de las relaciones humanas, nos hace un llamado a vivir en la espiritualidad para salir de la crisis de soledad que nos aqueja. “Espiritualidad – escribe en su libro Los dones de la imperfección – es reconocer y celebrar que todos estamos conectados de manera inextricable a un poder superior al nuestro”. Nuestra conexión a dicho poder, y hacia nuestros semejantes, se cimenta en la compasión y el amor.

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