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Lo que queda al último es la esperanza, dice un viejo y conocido refrán.

Los últimos acontecimientos en nuestro país nos han llevado a tener la esperanza que en el 2026 mejoren las cosas en diversos ámbitos, como la economía y por mucho la seguridad, ésta última es la que más nos apremia, derivado de todo el clima a nivel nacional que se ha desatado y que la verdad nos tiene inquietos, incluso para viajar en carreteras.

Desde una perspectiva filosófica, vivir seguro es la base para ejercer la libertad y alcanzar la felicidad o la autorrealización (eudaimonía). Filósofos contractualistas como Thomas Hobbes argumentaban que los humanos forman sociedades y gobiernos precisamente para escapar del «estado natural» de miedo y violencia, buscando la seguridad como el primer imperativo social.

La esperanza en este contexto no es una espera pasiva, sino una fuerza proactiva que motiva la acción ante un futuro incierto, pero con posibilidades de mejora. 

Vivir seguro para un ser humano va más allá de la mera ausencia de peligro físico inmediato; es un estado multidimensional que abarca la seguridad física, emocional, económica y social, permitiendo a una persona desarrollarse plenamente y sin miedo. 

Ahora bien, desde un punto de vista social, la esperanza es un fenómeno colectivo y dinámico, fundamental para la cohesión social, la motivación para el cambio y la resiliencia comunitaria. No es solo un sentimiento individual, sino una fuerza que impulsa a los grupos humanos a creer que sus circunstancias actuales pueden mejorar y a luchar juntos por un futuro deseado.

¿Cómo podrían mejorar en nuestro México? Cuando una colectividad comparte un objetivo o la expectativa de un cambio político, económico o social positivo, esa esperanza colectiva puede canalizarse en acciones concertadas (protestas, movimientos sociales, iniciativas comunitarias), dándoles un poder transformador. Tenemos que participar en diversas acciones y no dejárselas a un solo actor, tenemos que actuar, proponer y dejar la pasividad o el conformismo, derrotismo o como quieran llamarle y ser parte de esa ESPERANZA que tenemos y que queremos. La esperanza compartida fortalece los lazos sociales. En tiempos de crisis (sociales, institucionales o ambientales), la esperanza mutua puede actuar como un pegamento que une a las personas, fomentando la ayuda mutua y la resiliencia.

La esperanza se nutre de las creencias y valores culturales adquiridos en la familia y la sociedad. Las instituciones (gobiernos, religiones, sistemas educativos) pueden fomentar o menoscabar la esperanza a través de sus promesas, resultados y la justicia de sus acciones. Un estado de derecho justo y funcional, por ejemplo, fomenta la esperanza en la justicia y la seguridad.

A nivel social, la esperanza contribuye a que los miembros de una comunidad encuentren un sentido de propósito colectivo. La creencia en un futuro mejor ya sea a través del desarrollo económico, la paz o la justicia social, da un significado duradero a los esfuerzos y sacrificios presentes de la comunidad. En un entorno social, la esperanza compartida ayuda a mitigar el miedo y la desesperación que pueden surgir de la incertidumbre o la adversidad, proporcionando una perspectiva de que el resultado de las pruebas de la vida puede ser constructivo y beneficioso. 

En resumen, la esperanza social es un recurso intangible vital que permite a las sociedades mantener el impulso, la moral y la dirección, especialmente frente a desafíos significativos. Su presencia o ausencia tiene consecuencias reales en la estabilidad y la capacidad de una sociedad para evolucionar.

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