#BAJAVIÓN: El año en que todo pasó… otra vez

Bajavión

El año en que todo pasó… otra vez

Por: Roble Limón

Estimado bajavionense, le escribo estas líneas con la misma fe con la que uno sume la panza pensando que se verá más delgado. Sea serio, ¿hasta qué día de enero está permitido seguir diciendo “feliz año nuevo”? En fin. ¿Feliz? año nuevo, estimado lector. Recuerde que vida sólo hay una. Y ¡albricias! No es queja.

Si está leyendo esto, ¡felicidades!: todavía no le han cortado el internet, todavía no le han fiscalizado el sarcasmo, todavía no han tipificado la ironía como delito grave. Pero no cante victoria: vienen por nosotros. Lento, pero vienen.

2025 se nos fue como la promesa de una planta Tesla en el Nuevo León de Marianis y su esposo: rápido, sin avisar y dejando una sensación extraña entre “qué chingados pasó” y “y vendrán cosas peores”. 2025 no fue el año en que México explotó. Y eso, créame bajavionense, es lo preocupante.

Nuestra Dactara Prasadanta, Claudia Sheinbaum, gobernó el año viejo con la ¿serenidad? de quien sabe que el desmadre ya estaba hecho. Se habló de continuidad y de transformación como se habla de dieta: con entusiasmo el lunes, con “ya el lunes vemos qué pedo” el viernes. Ahhh, pero eso sí, mientras desde el púlpito presidencial se invocaba el futuro, el presente seguía sin agua, sin seguridad, sin memoria y sin madre.

Durante el 2025, también, el ego del partido oficialista se ensanchó tanto que ya no cabe ni en su propio discurso pitero. El movimiento que nació contra el poder y que terminó enamorándose del espejo se pelea consigo mismo y aún así gana. ANDY –así, en mayúsculas–, los viejos y revejetes lobos tricolor, los nuevos oportunistas, los “leales” de utilería, los traidores de temporada y los orina-coladeras. Todos acomodándose. Todos jurando lealtad. Todos pensando en el 2027 mientras cacarean que trabajan para el hoy. Morena entendió algo fundamental este año: no necesita convencer, solo resistir. No necesita enemigos, tampoco amigos.

Con reformas hechas con inteligencia artificial, leyes aprobadas de madrugada y discursos que no entienden ni quienes los leen, legislar dejó de ser un acto de representación y se convirtió en un trámite administrativo del cinismo. Ahí, donde se decide la vida pública, la curul de la empatía se mantuvo vacía.

El mexicano promedio sobrevivió 2025 como sobrevive Mia Colucci en RBD: por pura ansiedad. Emprendimos porque no hubo de otra. Aguantamos porque no hubo opción. Sonreímos porque llorar no es deducible. Y porque también es una forma de sanar, la verdad.

No esperamos milagros. Pedimos coherencia. No exigimos perfección. Pedimos vergüenza. No soñamos con utopías. Nos conformamos con instituciones que funcionen sin excusas.

Dicen que fue un buen año. Lo dicen con gráficas. Con sonrisas medidas. Con la voz calmada de quien nunca ha tenido miedo de noche. Dicen que 2025 fue estabilidad. Pero estabilidad también es el cuerpo inerte porque aprendió a aguantar los chingazos.

La presidenta habla despacio. Como si el país fuera un paciente y ella la única doctora en turno. Habla de continuidad. De ciencia. De futuro. Y de Felipe Calderón. Habla mucho de Felipe Calderón.

Nos dijeron: “confíen”. Y confiamos. Y ahora trabajamos más. Y ganamos menos. Y hay quien todavía agradece. Porque antes estaba peor. Porque el PRI robó más. Y pagamos impuestos para sostener un país que no nos explica por qué no puede sostenernos. Y aun así nos reímos. Porque la risa todavía no está prohibida. Todavía.

2026 viene ahí. No como promesa. Como advertencia. No será el año del cambio. Será el año de decidir si seguimos normalizando o empezamos a incomodar. Porque la democracia no muere de golpe. Muere cuando nadie la defiende porque “ya da flojera”.

Respire otra vez, estimado bajavionense. Mientras todavía se pueda. ¡Feliz 2026!

Bitácora de una prisionera

Hoy también fui libre… dentro de lo permitido.

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