#Bajavión: Manual para jodidos

Bajavión: Manual para jodidos
Por: Roble Limón


¿Qué transita por sus venas, estimado bajavionense? Con pena y todo, le invito a que le pase y se ponga cómodo… ahí nomás le encargo que cierre los ojitos y disculpe el desmadre (nacional). Recuéstese y prepárese un té de tila o de ruda, porque lo que viene no es apto para diabéticos ni para gente con la presión alta. Y así como está el sistema de salud en nuestro país, no diga que no le advertí que más vale PrevenIMSS.
Dice el manual de la «Nueva Cuatrotera» que la austeridad no es carencia, sino que “estamos practicando el desapego al Producto Interno Bruto”; que vivir con lo mínimo nos hace más puros, más dignos y, sobre todo, más fáciles de apantallar. Pero hay una línea muy delgada entre la austeridad franciscana y el cinismo descarado. Y es que si algo ha perfeccionado este gobierno desde 2018 d.A. (después de AMLO), no es la economía, ni la seguridad, ni la logística… es el arte del eufemismo.


Ay, el eufemismo… esa disciplina olímpica en la que un problema deja de serlo en cuanto le cambias el nombre. A veces de buena fe, para suavizar la verdad, y muchas otras porque te faltan “blanquillos” para llamar a las cosas por su nombre. El país no se cayó, “entró en un ayuno prolongado de progreso”. La línea 12 del metro no se desplomó, “tomó impulso desde el subsuelo”. El Tren Maya no descarriló, “optimizó el trayecto mediante contacto directo con el balastro”. No es distorsión deliberada de la realidad, es “posverdad” en tiempos de “izquierda”. Vamos, que llamarle “evento térmico no programado” al incendio en la refinería Dos Bocas es como decirle “divorcio espontáneo” a que te hayan mandado al carajo… no mejora la situación, pero al menos quedas menos como pendejo.


En todo caso, hay algo profundamente insultante en la manera en que el poder ha decidido hablarnos. No es únicamente el contenido pitero de sus mensajes, sino la voz, ese pinche tonito de condescendencia que parece asumir que no somos más pendejos nomás porque no tenemos un gemelo, que hay que explicarnos con peras y manzanas cómo sobrevivir en el país que, casualmente, ellos administran. Si no te alcanza para carne, come frijoles; si la gasolina Premium está cara, pues échale Magna; si la luz te llega cara, consume menos. Y uno pensaría que en cualquier momento nuestra presidentA con A va a completar la trilogía con un: “si no quiere morir, pues no nazca”.


Lo verdaderamente fascinante de esta narrativa no es su simpleza —que la tiene, y no nada más en su colita de caballo— sino la normalización de la precariedad como política de Estado. No se trata de resolver el problema, sino de que usted se enseñe a administrarlo emocionalmente. El pedo no es bajar la inflación, sino enseñarle a convivir con ella. No es mejorar su ingreso, sino ajustar sus expectativas. “¿Pa’ qué quiere tanto chingado zapato, si nomás tiene un par de patas?”, dijera aquel. El mensaje es claro, aunque lo quieran maquillar en el salón de belleza del Senado: el problema no es que todo esté más caro; el problema es que usted insiste en querer vivir mejor. Y pues tampoco no chingue, estimado lector. “No soy Santo Clos”, también dijera aquel.


‘Ora, que si me lo pregunta, y siguiendo esa lógica, la austeridad dejó de ser una política para convertirse en un estilo de vida impuesto de arriba pa’bajo. Aunque arriba, curiosamente y orita que me acuerdo, la dieta siga siendo variada, el uso de secadoras y planchas para cabello no se cuestione y la gasolina —qué coincidencia— rara vez sea Magna. Eso sí, algunos andarán en chanclas por aquello de la dignidad indígena, aunque después le limpien la suela.
Pero no nos desviemos, estimado lector, no diluyamos el emperramiento. Porque si aquello de que se nos invite a que el gasto doméstico sea tratado como un ejercicio de creatividad le parece poco, ahí tiene usted la propuesta de convertir la Ciudad de México en Disneylandia para los visitantes internacionales de cara al Mundial. Pide su jefa de Gobierno, Clara Brugada, que no se note el caos, que no se perciba el colapso, que el tráfico —ese monstruo cotidiano— se disuelva mágicamente con home office masivo. Ya nomás le faltó agregar que, ya estando, sirve que los feos aprovechan para no salir y así dar una mejor imagen, una mejor vista, a los visitantes. Como si la ciudad fuera una sala que se puede recoger antes de que lleguen visitas incómodas. Hágame usted el chingado favor. Si no tiene la culpa el indio, sino el que lo hizo compadre.


El problema, pequeño detalle, es que la ciudad no es una sala. Es un organismo vivo, desigual, profundamente estratificado. Casual. Y no todo mundo puede “trabajar desde casa”. Al menos no quien atiende la farmacia, ni quien maneja el transporte, ni quien limpia las curules que otros abandonan temporalmente para irse de reality show. Pero esas son nimiedades cuando el objetivo es que la postal salga bonita. Ah, porque esa es oooootra: su chingada obsesión por la apariencia. Que el país se vea bien, aunque no esté bien. Que la narrativa internacional sea positiva, aunque la experiencia cotidiana, de local y de visitante, diga otra cosa.


Aunque si alguien se lleva la medalla en esta disciplina olímpica de minimizar lo obvio, es la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, reduciendo un derrame petrolero a ver “gotitas”. Usted sabrá de qué le hablo. Y si no sabe, estimado lector, se le pide de favor que deje un ratito las frutinovelas del TikTok y se ponga a ver noticias. Si así, informados, nos va como nos va… ora imagínese de a tiro ignorante…


Y ahí está el hilo conductor de todo esto, bajavionense: el eufemismo, hacer que las palabras suenen aunque estén huecas. Se nos “invita” —con sonrisa descarada— a aceptar que vivir peor es normal, que aspirar a más es sospechoso y que cuestionar es, en el mejor de los casos, innecesario.
El problema no es el frijol, ni la Magna, ni apagar el foco, ni el home office, ni las gotitas. El problema es que eso se plantee como solución y no como síntoma. Así que no, esto no va de indignarse nomás porque se le hinchó un “blanquillo” o porque “hoy sea un día soleado”. Va de algo mucho más elemental: no perder la proporción. No aceptar que lo absurdo se vuelva cotidiano. No permitir que la vara se siga bajando hasta que vivir a medias —sobrevivir — se convierta en estándar.


Porque cuando el poder empieza a repartir consejos en lugar de resultados, lo que está en juego no es solo la economía, ni la ciudad, ni el medio ambiente. Es la inteligencia del ciudadano. Y esa, estimado bajavionense, es la última frontera que no deberíamos estar dispuestos a ceder.


BAJAVIÓN:
El país no se desplomó, redefinió el “arriba” hacia abajo. Un logro más de la 4T

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