
¿Tienes suerte para emprender?
Hay momentos que cambian la historia para siempre, la diferencia está en quién estaba listo cuando llegaron.
En el mundo emprendedor, es común escuchar historias que parecen milagrosas: la empresa que tuvo éxito en meses, el founder que encontró inversión por casualidad, la empresa que descubrió un nuevo negocio justo cuando todo cambió. Desde fuera, todo parece cuestión de suerte y, más aún… nos hace pensar que eso difícilmente nos podrá pasar. Sin embargo, después de años de trabajar con emprendedores, empresas familiares y estar dentro del ecosistema de innovación, puedo asegurar que la suerte no es casualidad, es diseño.
Séneca lo dijo hace más de dos mil años y sigue vigente en el mundo de los negocios: la suerte aparece cuando la preparación coincide con la oportunidad. Si bien muchos de los emprendedores “con suerte” no han tenido un proceso formal para identificar oportunidades y parecen surgir de inquietudes, o cambios aparentemente no conectados, si profundizamos, podemos descubrir que los emprendedores que más “suerte” tienen son aquellos que han estado atentos al entorno, que conversan con profundidad y estrategia, que han plasmado un propósito claro, que tienen disciplina financiera y que han fomentado una mentalidad emprendedora, por lo cual, aunque parezca por arte de magia, han tenido una preparación y una ejecución importante. Y si bien esa oportunidad o suceso pudo haber estado disponible para todos, el pequeño gran cambio se da en la forma en que pudieron abordarla.

Es por eso que es importante entender que la suerte sí tiene a sus favoritos, a aquellos que han sabido construir y desarrollar ciertas capacidades. Por eso, hoy quiero compartirte cuatro capacidades que te ayudarán a tener más suerte.
Aprendizaje: Es importante desarrollar la capacidad de aprender sistemáticamente, y si bien es fundamental aprender de los errores, no se trata de acumularlos; es más bien convertir cada experiencia en inteligencia. Por eso, es importante que aprendas a documentar tus decisiones y los resultados de ellas, a analizar el fracaso sin buscar culpables, a tener retroalimentación externa y a desarrollar un pensamiento crítico en la organización. La ventaja no está en equivocarse menos, sino en aprender más rápido que los demás.
Adaptación: vivimos en un mundo volátil, y muchas de las oportunidades surgen de los cambios. Si no estamos dispuestos a cambiar y ser flexibles, difícilmente podremos aprovecharlo. Y no se trata de improvisar o perder el rumbo, sino de saber identificar qué vale la pena conservar y qué tendríamos que transformar. La rigidez mata más empresas que la competencia.
Colaboración: muchas veces queremos hacer todo solos, pero en un mundo global, competir aislados es cada vez más complicado. Toma en cuenta que la suerte también se construye en red. Tienes que aprender a desarrollar la capacidad de generar valor conjunto con clientes, proveedores, instituciones educativas y muchos otros stakeholders. Si bien una organización cerrada se expone menos y aparentemente tiene menos riesgo, también puede perder muchas oportunidades. Quien sabe colaborar estratégicamente aumenta la probabilidad de que la preparación y la oportunidad coincidan.
Ejecución: la suerte difícilmente te encontrará acostado en tu cama, concentrándote o escribiendo afirmaciones; si bien planear y pensar es importante, nada sustituye a la acción, actúa, ejecuta, muévete, mantente activo en aquellas actividades que te gustan, que te interesan y que pueden contribuir al desarrollo de tus capacidades. La oportunidad no premia al primero que la vio, sino al que mejor la implementó.

Toma en cuenta que estas cuatro capacidades no son independientes; tienes que construir un sistema. Si no te adaptas, es fácil quedarte obsoleto; si no aprendes, los errores se repiten. Sin colaboración, tu crecimiento se limita; y sin ejecución, la suerte muere en la intención. Cuando trabajas en las cuatro capacidades, dejas de depender del azar y empiezas a diseñar nuevas posibilidades. La suerte deja de ser narrativa y se convierte en una ventaja estructural.
Emprender no es un acto de azar, es un acto de responsabilidad, y no depende del tamaño de la empresa, la edad de los fundadores o de la empresa misma; es más bien distinguir entre quienes esperan y quienes se preparan. Cada aprendizaje, alianza o conversación son pequeñas inversiones invisibles que pueden representar “coincidencias” extraordinarias. Emprender con suerte no significa cruzar los dedos; es conectar estrategia con propósito. Enfócate y estoy seguro de que algún día alguien te dirá: “Qué suerte tienes’. ¡Mucho éxito!
Carlos Dotor Cacho
