Entre el amor y el odio hay una lagrima de diferencia

Entre el amor y el odio hay una lagrima de diferencia

Por Berenice Vallejo

¿Qué es el amor?

Cuando nos referimos al amor, pensamos en lo que sentimos por otras personas, seres u objetos, pero es difícil que se piense en el amor que se debe tener a uno mismo. Nos formamos una idea de lo que es el amor. Aquí un ejemplo de lo que no es considerado, incluso en el diccionario de la Real Academia Española. En una primera definición, dice: «Del lat. Amor, öris. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». En una segunda: «Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear». En el caso del odio, la definición dice así: «Del lat. Odium. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea».

Descartes, en su tratado de las pasiones, habla sobre la definición del amor y del odio así: «El amor es una emoción del alma causada por el movimiento de los espíritus que la incitan a unirse voluntariamente a los objetos que parecen serle convenientes. Y el odio es una emoción causada por los espíritus que incitan al alma a querer separarse de los objetos que se le presentan como perjudiciales».

Hablar del amor propio es otra cosa, ya que nos referimos a él como un conjunto de emociones cognitivas que asociamos a la autoevaluación. Es cómo nos valoramos. Aunque hablamos del amor propio, no se escucha decir el odio propio; simplemente se hacen autoagresiones en frases como “qué tonto soy”, “estoy gordo”, “me veo horrible”, entre muchas otras. En la actualidad, vemos el recurso al que las redes sociales han agregado ese valor de vernos mejor en apariencia externa para autoaceptarnos a través de filtros que modifican la apariencia física, pero que no incitan al amor propio, íntimamente ligado con la autoestima como la evaluación perceptiva que tenemos de nosotros mismos en un conjunto de pensamientos, evaluaciones y sentimientos.

Nos amamos y nos odiamos al mismo tiempo. Nos consentimos comprándonos objetos, gadgets, bebiendo alcohol desmedidamente, fumando, desvelándonos en fiestas, en relaciones apasionadas y tormentosas, en tener trabajos exigentes que satisfacen nuestras necesidades económicas para comprar y pagar esas cosas que creemos que nos hacen bien. Pero ¿Qué sucede con el verdadero amor? Descartes dice en su tratado de las pasiones: “Lo que es pasión respecto de un sujeto es siempre acción respecto a otro”. No se habla sobre la pasión, la empatía, el amor hacia uno mismo. ¿Cuántas veces atacamos, perjudicamos y herimos nuestros propios sentimientos? Es una pregunta que hace poco tiempo comencé a analizar. No pensé que no comer, no dormir, ser permisiva, llevar a cabo actos y acciones como si me odiara, odiarme, fue un acto de dañar a mi cuerpo, a mi espíritu y a mi mente, dañando mi autoestima, mi percepción y mi autovalor, reflejado en permitir faltas de respeto de los demás. Algo muy común en la sociedad contemporánea; el 90% de las personas con las que he hablado de este tema aceptan haber tenido un problema de amor propio y de autosabotaje, pocos aceptan haberse odiado alguna vez.

Dice Blaise Pascal: “Los poetas no tienen razón al habernos descrito al amor como un ciego, hay que quitarle la venda de los ojos y devolverle el placer de la mirada”. Ese placer de mirar no a otros sino a nosotros mismos, enamorarnos de esta mente, este ser, este cuerpo y esta cara, para poder compartir después con alguien más que sea afín a nosotros. Blaise Pascal en su discurso acerca de las pasiones del amor dice: “Al hombre no le gusta quedarse consigo mismo. Ama. Debe buscar algo que amar. No puede hallarlo más que en la belleza. Pero, como él es la criatura más bella que Dios haya formado, tiene que encontrar en sí mismo el modelo de la belleza que busca por fuera”.

Tenemos que buscar la belleza en nosotros mismos, enamorarnos de ese ser, consentirlo, preguntarle todas las mañanas, “¿Qué quieres desayunar?”, vernos frente al espejo y decirle “Qué bien te queda esa falda o esa corbata, te ves hermosa o eres muy guapo”, “Te quedó increíble tu trabajo, eres un chingón”, “Fuiste asertivo con tus palabras”, “Te invito a cenar, ¿Qué se te antoja?”, “¿Estás bien?, ¿Qué te sucede hoy?”. Estamos dispuestos a preguntarle, decirle piropos, levantar el ánimo, comprarle un regalo o un pastel a alguien más, pero jamás a nosotros mismos. Es muy común escuchar esa voz interna que te dice, “eres un tonto, qué horrible presentación hiciste, no le gustas a esa persona, no quiero comer, no tengo hambre, esto se me ve horrible” y cientos de ideas que pasan por nuestra mente hasta que llegan a nuestra emoción y después las creemos como una verdad hasta el punto de volvernos indiferentes con nuestros propios gustos, nuestras creencias, nuestro amor propio.

Dice la canción ‘Ódiame’, de Julio Jaramillo, aunque al parecer este vals viene de un poema del escritor colombiano Guillermo Valencia. El título era “El odio”, como indican las investigaciones, y es de finales del siglo XIX. La primera versión del vals es de 1913, la que conocemos fue arreglada por el peruano Rafael Otero López y grabada en los años 60 por “El Ruiseñor de América”, Julio Jaramillo, y dice así:

«Ódiame por piedad, yo te lo pido.

Ódiame sin medida ni clemencia.

Odio quiero más que indiferencia,

porque el rencor hiere menos que el olvido.»

Y en otra parte:

«Pero ten presente,

de acuerdo a la experiencia,

que tan sólo se odia lo querido.»

Nos odiamos y nos amamos, odiamos lo que más queremos, que es a nosotros mismos. Y en palabras de José Luis Trueba Lara: “Amar es hablar, dialogar, tejer redes de palabras que permitan entrelazarnos y marcarnos de manera definitiva. Así, en la búsqueda de lo imposible y la construcción de lo imaginario perfecto, uno de los momentos cruciales es el de la declaración amorosa, ya que ella es la confesión del amor, la revelación de algo que antes no había sido dicho y que, aunque puede también ser gritado de manera desafiante, ocurre, ante todo, en voz baja”.

Para mí, que esperaba las siguientes palabras: «Te amo y espero pases el resto de mi vida conmigo, queriéndome y amándome, respetándome y prometo serte fiel todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe.» Son las palabras que mi cuerpo y mi espíritu se dicen todos los días al despertar. No es narcisismo, es AMOR PROPIO porque entre el amor y el odio sólo hay una lágrima.

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