Por Berenice Vallejo

“LA DULCE VIDA” El arte de la repostería contemporánea.
“La dolce vita», expresión italiana que significa “la dulce vida”, es un concepto que se popularizó a partir de la película homónima de Federico Fellini (1960). La cinta retrata la vida glamorosa y desenfrenada de la alta sociedad romana, con un enfoque en el placer, la belleza y la búsqueda de la felicidad en lo efímero, convirtiéndose en una expresión cultural que simboliza el arte de disfrutar la vida con sofisticación y sin prisas.
Concepto que va más allá del placer material, es disfrutar cada momento con intensidad y sensibilidad. Se asocia con el arte de vivir bien, encontrando la belleza en lo cotidiano y apreciando los pequeños placeres de la vida, como una buena conversación, una copa de vino o un postre exquisito.
En la repostería, La Dolce Vita se traduce en la capacidad de saborear el instante, de permitir que un bocado nos transporte a un recuerdo feliz o a una emoción inesperada. Cada postre es una celebración de la dulzura, no solo en el sentido literal, sino también en la forma en que nos conecta con las emociones, sensaciones, pensamientos, recuerdos.
La vida tiene momentos que se deshacen en la boca como un bocado de merengue. Dulce, etérea, efímera. La Dolce Vita no es solo una expresión italiana, sino un arte de existir, una forma de entregarse al placer sin prisa, de permitir que los sabores nos envuelvan, nos transporten, nos transformen. Y en ningún lugar se celebra mejor esta dulzura de la existencia que en la repostería.
Cada postre es una historia, un susurro de la memoria. Como Anton Ego en la cinta animada Ratatouille (2007), quien con un solo bocado de aquel platillo rústico regresó a la infancia, a la cocina de su madre, donde el amor se servía en platos hondos. Justo me hizo pensar en cuál fue aquel momento que recuerdo tan profundo de conexión con mi madre y llegué a recordar justo un día de hospitalización a la que llegué a los cuatro años por hepatitis tipo A. El menú incluía gelatina de limón, concha de vainilla, té de manzanilla y ate de membrillo con queso y un momento fuera del hospital en el que mi madre me hacía polvorones y podía cortarlos con cortadores de múltiples figuras.

Pero no hubiera recordado todo esto si no me hubiera encontrado con una mujer y chef extraordinaria que un día llegó a mi estudio, le dio un regalo a mi socio, unas galletas que llevaban una impresión en hoja de azúcar con sus diseños; eso fue el principio de lo extraordinario, pues el sabor era delicioso. Hizo que todos en ese momento nos deleitáramos entre las ilustraciones que no queríamos que fueran mordidas, pero el encanto del sabor hizo que fuera un dulce momento. Llegó a darnos una probadita de dulce para detenernos a saborear un momento de nuestra vida llena de movimiento estresante, así que un día decidí que me contara realmente su historia.
Rocio Dominguez, mejor conocida como Ro, recuerda: “Desde muy chiquita, creo que desde que tengo uso de razón, siempre quise hacer pasteles” Ro nos cuenta que nunca pensó en ser algo más como médico o veterinaria, jugaba con un hornito mágico y todos mis juguetes que llegaban en día de reyes eran dirigidos a la cocina, tenía muy claro que quería ser pastelera, aunque en casa no tenía el apoyo a ese sueño.
Llegando a la preparatoria ansiosa esperaba poder encaminar su vida profesional a su pasión, sin embargo, no estaba dentro de las opciones por lo que opto por estudiar Administración.
Decisión que no la hizo feliz, por lo que al paso de un par de semestres les comunicó a sus padres que no continuaría, intentaron persuadirla y negociar, pero la decisión estaba tomada y el objetivo era claro. No fue un camino fácil pero cuando consiguió estudiar lo que realmente le apasionaba cambio su forma de ver la vida, se le abrió el mundo, hubo un gran crecimiento y oportunidades de viajar.
Conoció Malaga durante sus prácticas profesionales, después con apoyo de su madre se mudó a Barcelona, el mundo de la pastelería era muy distinto allá, nos cuenta “en México realmente había muy pocas pastelerías, y todas habían empezado como panaderías, en España podía sentarme horas después de comer a disfrutar de un postre para hablar de postres con las personas con las que estaba, entendí que al menos en el mundo en el que yo me desenvolvía no se le daba esa importancia a la hora del postre”.
En ese viaje conoció a personas increíbles; recuerda una anécdota que le hizo reflexionar sobre estar en el lugar correcto. Ro nos cuenta “el chef de la escuela me apoyó sin pensarlo cuando le dije que tenía problemas con mi tarjeta porque no avisé en el banco que me iría y en ese momento era un trámite. Estando allá no podía usar mi tarjeta y no tenía dinero; mi madre no podía hacerlo llegar, así que él me dijo: «No importa, tú sigue; en unos meses iré a México y me lo pagas allá». Entonces me di cuenta de que todo estaba a mi favor para hacerlo”.

Le hicimos 2 preguntas;
Si pudieras describir La Dulce Vida en un postre, ¿cuál sería y qué historia contarías a través de sus ingredientes?
Mira, me hiciste poner chinita. Pero mi respuesta es un panque; si tú haces un buen panque, te llena lo suficiente. Puedes ponerle lo que quieras. En cada lugar al que he tenido oportunidad de ir, he encontrado un buen panque.
Si pudieras describir la “dolce vita” mexicana en un postre, ¿qué sería para ti? Los helados de Cuba y los buñuelos, ese buñuelo que llaman de rodilla, con su miel de guayaba que te tomas con un champurrado, son postres que disfrutas, de esos postres que encuentras en las ferias de México, esos helados de botes de madera que son para disfrutarse en el calor y los buñuelos para disfrutar en el frío, uno de día, otro de noche, pero siempre para disfrutar por un momento.
Me es imposible pensar en esta conversación sin que tenga en la mente a la abuela Carmela cocinando en la cocina de leña o a mi madre todo el tiempo revisando sus recetarios para preparar el momento de sorprendernos con un postre. Creo que lo que más me sorprendió en los últimos años de mi vida fue ese amor que descubrí por la cocina, por la comida y sus sabores y especialmente por los postres. Me hace recordar la película “Bastardos sin gloria” (2009), donde el strudel de manzana, cubierto de crema, se convierte en un rito de placer y dominio, un instante donde el tiempo se suspende en la expectativa de un sabor perfecto. O en “Comer, Rezar y Amar” (2010), donde el primer acto de sanación ocurre con un tenedor lleno de pasta en una trattoria de Nápoles, porque la comida no es solo sustento, es también un idioma, un abrazo, un recordatorio de que estamos vivos.
Sin duda, Como agua para chocolate (1992), donde los sentimientos se cuecen a fuego lento, donde un platillo puede encender la pasión o desatar las lágrimas, donde la comida es el puente entre el cuerpo y el alma, me hace recordar a muchas de las mujeres de mi familia que acompañan el amor en todas sus formas con la frase, en cuanto cruzas la puerta de sus casas: “Siéntate a comer”.
En la repostería, el arte se mezcla con la paciencia y la precisión. Cada capa de un pastel es un estrato de recuerdos, cada crema batida un suspiro de alegría. Nadie lo sabe mejor que Rocío Domínguez, mejor conocida como Ro, una alquimista de la dulzura que transformó su pasión en una forma de vida. Primero, administradora; luego, chef. En México aprendió la técnica; en Barcelona descubrió la magia. Su cocina es un laboratorio de sensaciones, un rincón donde el chocolate derrite el tiempo y el azúcar cristaliza emociones.
La Dolce Vita, o mejor dicho, La Dulce Vida, es un mordisco de felicidad inesperada, un postre que se comparte entre risas, una taza de café con una rebanada de tarta al atardecer. Es el arte de saborear la vida en sus pequeños detalles, de encontrar la belleza en una cucharada de crema, en la textura crujiente de un caramelo, en la dulzura perfumada de una fresa madura.
Porque, al final, la vida es eso: un postre exquisito que merece ser saboreado sin prisa.
Y si quieren un buen postre no duden en visitar el sitio de Ro y contactarla:
